Destino Invitado

Juan Melgar

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La Giganta, vista desde Comondú 

 

Un aventurero famoso de mediados del siglo anterior, asombrado ante el oasis luego de días de recorrer de norte a sur la sierra central de Sudcalifornia, declaró al llegar a Comondú que lo que sus ojos veían era Shangri-la.

Sigue teniendo razón Jordán. Los Comondú, San José y San Miguel, son pueblos divididos por una breve corriente de agua que tira hacia la vertiente del Océano Pacífico y transcurre rumorosa entre palmeras, carrizales, papiros, granados, higueras, naranjos y otros frutales, en medio de un cañón flanqueado por moles lisas de piedra volcánica. La modernidad no ha llegado a los Comondú, todavía, y la vida de sus habitantes transcurre tranquila, entre cantos de gallo y titilar de estrellas.

Encontrarlo, pues, y salir de este oasis para cruzar La Giganta por su espinazo hacia el golfo es una temeridad. 48 kilómetros a vuelta de rueda, en ascensos y descensos pedregosos entre cerros y gargantas cortadas por cataclismos, ponen a prueba la doble tracción del carro y la paciencia del viajero, si éste es de los que buscan llegar al destino planeado antes que disfrutar del viaje. El recorrido dura muchas horas, por una ruta de cabras que ha cambiado escasamente desde que el primer jesuita se lanzó a su conquista viajando a pie desde la misión de Loreto, en las cercanías de 1700.

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Sólo aves: calandrias, carpinteros, saltaparedes, gorriones, güíribos, palomas pitayeras, chacuacas, halcones peregrinos, aguilillas, gavilanes y auras acompañan al viajero desde el monte espinoso o desde el azul. En el colorado barro y el pedregal, liebres, cachoras, cascabeles, culebras prietas y otros reptiles observan el lento paso del vehículo.

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Chinchorros con decenas de chivos ramonean en los arbustos que exhiben brotes de la última lluvia serrana, que fue ciclón, para provecho de los escasos ranchos chiveros que subsisten en la sierra como hace trescientos años, casi sin cambios.

El paisaje grandioso enseñorea el viaje. Reverberos de sol, horizontes rojizos o azulencos, aire fresco que se encañona a veces y gruñe como el puma que por ahí ha de vigilar nuestra irrupción ruidosa, sin mostrarse.

Al fin, en la cumbre de La Giganta, unos metros de asfalto para entrar al cañón y a la misión de San Javier, con su cruz emblemática tallada en roca volcánica y la calzada amplia de cantos rodados que lleva al vetusto edificio misional.

Cruzar por aquí la sierra es un viaje duro, pero no penoso. ¡El paisaje vale la pena, anímese!

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