Buscando la Inmortalidad

Joaquín Précoma Valle

La naturaleza en su estado más puro siempre ha despertado la admiración y curiosidad del ser humano, fruto de una evolución de millones de años, de la cual nosotros somos simples espectadores. Un mundo que aún no terminamos de descifrar nos entrega espectáculos irrepetibles, montañas y valles que se esculpen con el paso del tiempo gracias a los fenómenos climatológicos que generan horizontes únicos en los que habitan miles de seres con un equilibrio tan maravilloso como delicado.

El sol, director distante de este gran espectáculo, nos envía suaves rayos de luz que matizan los colores y cambian gradualmente la manera como percibimos cada escena, creando escenografías cada segundo del día.

Ningún atardecer es el mismo; tonalidades frías en diferentes gamas de azul con destellos rosas que se pierden en el mar dan paso a cálidos naranjas y amarillos en un pestañeo, antes que nuestro astro luminoso desaparezca a lo lejos en el mar, despidiéndose por tan solo unas horas para volver y entregarnos una nueva realidad en un ciclo sin fin.

Desde la rivera o la bahía, navegando en el Mar de Cortés o por las tranquilas aguas del Pacífico, panoramas esperan a ser descubiertos en su caprichosa metamorfosis. Las rocas cobran vida y se unen a éstos como protagonistas orgullosas del paso del tiempo, atrayendo las miradas a su sensual figura que más allá de separar la tierra del cielo, están deseosas de enmarcar el horizonte como el hilo que pasa por el ojo de una aguja. Donde termina la tierra, donde se une el cielo con el mar, donde las rocas se vuelven el escenario, donde el mar ha tallado silencioso un arco para enmarcarse a sí mismo, donde Los Cabos se levanta frente al mundo.

Mientras California quedaba deslumbrada por la Fiebre del Oro, Bayard Taylor recorrió cerca de tres mil millas de Nueva York a Panamá para descubrir sociedades que daban paso a una modernidad construida alrededor de la prosperidad. Maravillado por una vista de escultural perfección, dejó plasmado en tan solo unas líneas su asombro del horizonte cabeño, describiendo sutilmente sus formas y sus colores.

“Eldorado, o Aventuras en el camino del Imperio”, es una obra magistral de literatura de viaje que describe las maravillas de nuestro país en el siglo XIX, lleno de asombro por tierras colapsadas por la guerra frente a grupos políticos que amainaron no sólo las riquezas sino el paisaje. Una crónica de lectura obligada para entender el México de antaño y enamorarnos de las bellezas a través de sus poéticas, pero simples líneas.

“…mirando por la ventana, observé las púrpuras montañas de la península, mientras se levantaban en el aire fresco e inspirador. […] Toda la tierra parecía ser una masa de roca casi desnuda, alimentando sólo unos cuantos cactus y algunos arbustos atrofiados. En el extremo de la península el valle de San José se abre hacia el interior entre dos gamas de altas montañas de granito. Su hermoso nivel verde, de varios kilómetros de ancho, se extendía hacia atrás hasta donde alcanzaba el ojo. […] Es regado por un pequeño río, que se puede convertir en un paraíso y se encuentra en medio de las montañas más espantosamente estériles y accidentadas que he visto. El paisaje a su alrededor correspondía sorprendentemente con descripciones de Siria y Palestina.

Los desnudos y amarillos riscos brillaban en el sol con deslumbrante intensidad, y una cadena de picos astillados en la distancia llevaba la más suave sombra de violeta. A pesar de la aparente apariencia de la costa, una imagen más peculiar e interesante de la que se da no se puede encontrar en el Pacífico. El Cabo de San Lucas, al cual pasamos hacia la noche, es un osado enredo de granito nativo, roto en rocas aisladas en sus puntos, que presentan la apariencia de tres pirámides distintas y perfectamente formadas. La roca blanca y reluciente es perforada en su jarrón por cavernas huecas y arcos, algunos de los cuales tienen quince o veinte pies de alto, dando vislumbres del océano más allá.” (Bayard Taylor, “Eldorado, o Aventuras en el camino del Imperio”)

166 años después del recorrido de Bayard Taylor por Los Cabos, el escenario al fondo de la bahía no ha cambiado, pero ahora convive con la mano del ser humano. Una serie de edificios se desplantan en la bahía entre el mar y las montañas, brindando confortable albergue tanto para disfrutar del peculiar ambiente como para volvernos parte de él… un horizonte lleno de vida que conjuga millones de años de transformación con apenas un suspiro de nuestra vida, compitiendo con la naturaleza misma tratando de formar parte de un universo en el que deseamos dejar una huella imborrable y así lograr inmortalidad.

Conviviendo con el contexto o generando espacios contrastantes, la arquitectura que hoy forma parte será juzgada 166 años adelante y entonces sabremos, si pudimos alcanzar tan ansiado deseo del ser humano y permanecer en la memoria de este mundo que nos rodea, o muertos en el silencio y el olvido.

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