Piratas en Los Cabos

Del escritorio de Laura G. Bueno

Los Cabos es un lugar de aventura, y siempre lo ha sido. Podrá verse como un lugar paradisíaco, tranquilo para tomar el sol; pero, como el océano que le limita, no tiene nada de pacífico, ¡Cuidado, podría haber un pirata escondido en una de sus cuevas!

Desde pequeña me gustan las historias de piratas. A los 11 años leí, “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson, uno de mis libros favoritos. Se cuentan las aventuras de un joven que para encontrar un tesoro pelea con piratas y navega peligrosos mares. ¡Cuál fue mi sorpresa! cuando llegué a vivir a Los Cabos!, descubrí que mi nuevo hogar había sido visitado por piratas y corsarios, tal como las historias que me gustan.

Por un momento, puedes llegar a pensar que las historias de piratas tuvieron lugar solo en el Caribe, como la película de Johnny Depp producida por Walt Disney Pictures y Jerry Bruckheimer Films indica, pero no. Nombres como Sir Francis Drake y los capitanes, Thomas Cavendish, Henry Morgan y Woodes Rogers, serían nombres famosos que irían a la pantalla grande, situando a las costas del poniente americano en el mapa de sus rutas. Los piratas navegaron los llamados siete mares. Durante los años 1500 a 1700 surcaron las costas del Océano Atlántico, mayormente por el Mar Caribe y Golfo de México.

La colonización de España sobre vastos territorios en América y hasta las Islas Filipinas, la convirtieron en un país increíblemente rico con: plata, oro, especias, sedas y piedras preciosas de la ruta india. Todo esto pertenecía a la nación en donde “nunca se ponía el sol”. Toda la plata era extraída y acuñada en la moneda conocida como “Real de a 8”, primera divisa mundial hasta 1857, que circuló en América, Europa, Asia y las colonias españolas, incluido Las Filipinas.

Capturar un barco para robar al Rey de España su valioso cargamento, era la mejor de las empresas para un pirata. Incluso para los corsarios, a quienes, en tiempo de guerra, se les expedía la llamada “patente de corso”, que les permitía dedicarse a la actividad “legal” de saquear barcos del país enemigo en beneficio de su nación, como parte de su marina y con el acuerdo de compartir equitativamente el botín capturado.

Es así como empresas privadas, actuando bajo el marco de legalidad de su gobierno, se hacían a la mar con su capitán en busca de aventuras. Finalmente, portar una patente de corso podía darte el beneficio de ser un prisionero de guerra en caso de ser capturado, muy diferente del destino que tendrías si eras pirata, muriendo de las formas más siniestras. Para sus naciones, los corsarios eran héroes, para los españoles los corsarios eran piratas.

¿Por qué era tan codiciado el Océano Pacífico para los corsarios y piratas? Por los galeones de Manila. Estas naves, las más grandes en el mundo en aquellos siglos, eran las presas codiciadas que viajaban entre Acapulco y Manila. Transportaban telas y objetos de seda desde China, incluyendo pólvora; del Medio Oriente, alfombras de la India y algodón; de Japón, abanicos, cajoneras, cofres, joyeros laqueados, peines, cascabeles, biombos y porcelanas; de Java y Ceilán, traían especias; de Oriente, lana de camello, cera, marfil labrado o tallado, bejucos para cestas, jade, ámbar, piedras preciosas, madera, madreperla, fierro, estaño, entre otros.

Estos galeones llegaban a Acapulco, cruzando las mercancías por tierra a Veracruz y se embarcaban con destino a Sevilla, España. De América se llevaban plata en moneda y en barras, pepitas de oro, cochinilla para tintes, semillas, tabaco, garbanzo, chocolate, cacao y otros frutos. El Atlántico sería una zona muy vigilada pero el Pacífico no tanto, por ello, los piratas y corsarios que navegaban estos mares tenían más oportunidad de obtener los botines deseados.

Gran Bretaña es la nación de cuyos corsarios visitaron Cabo San Lucas en búsqueda de los galeones españoles, aunque había piratas de otras naciones como Francia y Holanda. Los valientes capitanes Thomas Cavendish con su embarcación “Desire” en 1587, y Woodes Rogers en 1709 con sus barcos “Duke y Dutchess” lograron someter al Galeón de Manila.

¿Cómo llegaron hasta la península de Baja California Sur?, no existía un canal en Panamá que les evitara navegar al sur del Continente Americano, cruzaron el Estrecho de Magallanes. Estos corsarios navegaron desde Inglaterra hasta América, pasando por el citado estrecho y recorriendo toda la Costa del Pacífico, enfrentando los peligros de combates con barcos portugueses y españoles; así como el clima, enfermedades y tribus cuando atracaban por agua o madera. Para finalmente, atacar a los imponentes galeones españoles, saquearlos y regresar a Inglaterra con el cargamento. Fácil, ¿no?

El 14 de noviembre de 1587, el Santa Ana, galeón español de 600 toneladas, entró a la Bahía de Cabo San Lucas. Vislumbró dos barcos en el horizonte y asumió que eran españoles; sin embargo, después de una persecución de varias horas, Cavendish empezó a disparar y unos cuarenta hombres abordaron el barco español. Los ingleses tuvieron que retirarse, hasta que al cuarto ataque dañaron al galeón y el Santa Ana alzó su bandera de tregua, logrando Cavendish capturar la Nao China. Otro galeón, Nuestra Señora de Esperanza, fue más afortunado pues llegó a salvo hasta Acapulco.

El botín del galeón Santa Ana reportó cargamento de sedas chinas, perfumes, especias, porcelana, vino y 122,000 pesos en monedas de oro, incluyendo un gran número de perlas. El 19 de noviembre de 1587, ciento noventa españoles, incluyendo mujeres, fueron abandonados sin prenda alguna en la playa de Cabo San Lucas, únicamente les dieron las velas del Santa Ana para usar como casas de campaña. Thomas Cavendish tomó algunos prisioneros, como Alonso de Valladolid, el piloto del galeón, quien conocía las rutas del Pacífico y un padre que le ofendió, a quien colgó y luego aventó al mar, partiendo después rumbo a Gran Bretaña a bordo del Desire.

Más de cien años despúes, corsarios como el Capitán Woodes Roger y Stephen Cortney, con sus barcos “Duke” de 320 toneladas y 36 cañones; y “Duchess” de 260 toneladas con 26 cañones y más de trescientos hombres, llevaban esperando en Cabo San Lucas un par de meses a los galeones españoles. Convivieron con los pericúes, quienes a veces eran una tribu hospitalaria y quizá estaban sorprendidos con estos rubios que les daban artículos valiosos y nuevos para ellos.

Los ingleses se empezaron a impacientar y estuvieron a punto de regresar a Gran Bretaña con las ganancias obtenidas por sus saqueos en las costas del Pacífico y del Atlántico, pues además habían capturado dos embarcaciones francesas y ocupado la población de Guayaquil, aunque el propósito de Roger era apoderarse del galeón proveniente de Manila.

Por fin, al amanecer del 1 de enero de 1710, una vela se vio en el horizonte: La Encarnación, fue inmediatamente interceptada y después de dos horas de batalla, se rindió. Roger fue herido por una bala en la quijada. Dos días después Nuestra Señora de la Begoña, el galeón más grande, apareció. Sin embargo, avisados en la Nueva España (actualmente México) sobre Rogers, los españoles se prepararon para enfrentarlo. La seguridad del puerto de Acapulco fue reforzada y varios barcos fueron enviados a Cabo San Lucas y a las islas Tres Marías.

Días después, el Duchess inició la batalla sin éxito. El Duke le apoyó y también recibió daños severos por lo que se retiraron a la Bahía de Cabo San Lucas con 34 ingleses lesionados. El galeón salió rumbo a Acapulco con 8 muertos y varios heridos, mientras, Rogers se quedó en Los Cabos reparando sus naves para el retorno a Inglaterra, en donde llegó con una ganancia de £170,000 libras en octubre de 1711.

Esta pequeña y lejana tierra tiene sus historias. La próxima vez que vayas a la playa en Cabo San Lucas o navegues por donde el Océano Pacífico y el Mar de Cortés se unen, estoy segura experimentarás sensación de aventura, al igual que los corsarios al dar la señal para atacar al Galeón de Manila, jugándose la vida y haciéndose héroes de su nación.

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