La Cultura del Vestir: Hilos y Agujas

Rosamaria Mendoza Salgado

Hablar sobre la vestimenta requiere que nos transportemos a los inicios de la humanidad donde lo que importaba, era protegerse de los rigores del clima principalmente. El arte de la costura comienza al unir piezas de pieles que se curtían para suavizarlas, y cubrir con ellas sus desnudeces evitando así las inclemencias del tiempo. Los habitantes prehistóricos de la Isla de Creta se distinguieron en el arte de la costura sobre cualquier otro pueblo de la antigüedad.

Al paso de los siglos, el corte y la costura se perfeccionaron al usar botones, hebillas y alfileres fabricados de huesos y espinas.

En lugares cálidos, como en las regiones que rodean el mar Mediterráneo, se tejían fibras vegetales para confeccionar prendas holgadas para aislarse del calor.

El interés de lucir atractivo es innato en el ser humano, tal y como constan las crónicas sobre los pobladores de esta península. Se adornaban sus cabellos con perlas, pequeñas conchas, caracolillos y plumas blancas, vistos desde las naves que circundaban los mares daban la impresión de traer pelucas. Las mujeres usaban faldellines de fibras de maguey o de palmas y cordeles donde ensartaban trozos de carrizo. Algunos hombres portaban collares de caracoles blancos que semejaban perlas y trozos de concha nácar. Los hombres que tenían mayor jerarquía llevaban capas de pieles de nutrias.

Desde ese período de tiempo hasta el siglo XVIII, la evolución del vestido fue lenta. Las telas que se usaban eran terciopelos y brocados entre otros, por ello los vestidos resultaban sumamente pesados, complicados y en consecuencia incómodos, sin contar el tormento causado por el corsé.

El siglo XIX, no proporcionó ninguna variante importante. Es hasta el principio de los años dorados del siglo XX cuando inicia una verdadera innovación en el vestir. Los diseñadores volvieron su interés hacia la naturaleza, tanto en los colores, como en las materias primas para el desarrollo textil. Esto favoreció para plasmar en sus creaciones sensaciones suaves, como el desplazamiento de las arenas, la caída de las hojas y la constante fluidez del agua sobre cuerpos femeninos idealizados.

Durante la época romántica del puerto de La Paz, los molinos de viento saludaban con sus rehiletes de plateadas aspas a las embarcaciones que arribaban y que eran esperados con ansias por los pobladores, cada quien a la espera de los artículos que necesitaba. Las modistas sabían que contenían toda clase de telas europeas, pedrería, encajes y lo necesario para la realización de sus labores. Las nuevas generaciones de diseñadores continúan a la espera de las tendencias para hilvanar sueños que se cristalizan en realidades.

El vestido no es materia trivial, sino que permite observar el tejido social y económico.

Hoy en día, Baja California del Sur, nuestro Estado, es un sitio colmado de bellezas naturales que son fuente de inspiración para diseñadores y fotógrafos; quienes eligen ubicaciones en la península para modelar sus creaciones y hacer sesiones fotográficas para su publicidad. El clima y los lugares como Loreto crean la magia para reproducir cualquier estación del año.

De la agreste belleza del desierto de la península de Baja California Sur, nace el traje regional en 1951, inspirado en la delicada flor de pitahaya. Susana Avilés Hirales a través de su sensibilidad paceña creo el traje típico que nos representa ante el mundo.

El vestido en sí, consta de falda roja de raso sobre la que se dibuja un brazo de pitahayo con tres flores y frutos, bordados en los contornos con lentejuelas, chaquiras y canutillos logrando un bello efecto. La blusa blanca con amplio escote, lo delinea una flor de pitahaya con rosados pétalos que envuelven los hombros.

Predominan en el traje los colores verde, blanco y rojo, que a su vez son los colores nacionales, sin dejar de llevar con garbo un rebozo de seda blanca. Quien lo porta, complementa el atuendo con un gran moño de tul blanco que simboliza la espuma del mar, que además está bordado con chaquiras negras que son imaginarias semillas del fruto que es símbolo de vida en el tiempo del Mejibó.

Mejibó, de origen Guaycura, significa la mejor época del año y el buen tiempo, de mayo a septiembre, cuando la temporada de lluvias los proveía de corrientes de agua limpia, flores y frutos.

 

 

Boletín

Recibe nuestras noticias

Ingrese su correo electrónico

Pin It on Pinterest