Arte e Historia Misional: Misión Nuestra Señora de los Dolores del Sur o Chillá (1721-1768)

Clavijero y demás historiadores señalan que esta misión fue dotada por el Fondo Piadoso de las Californias, y fundada en agosto de 1721 por el padre Clemente Guillén, entre Loreto y La Paz, en tierra de los uchitíes, en la playa de Apaté, aunque el 7 de septiembre de 1741 se cambió a La Pasión, un lugar de la sierra originalmente llamado Tagnuetía, más de 30km al oeste de la costa.

Por su parte, el padre Francisco María Píccolo, en su “Memoria respecto a la condición de las misiones…” fechada el 10 de febrero de 1702, difiere en el año de su fundación, porque expresa:

Desde nuestros segundos descubrimientos, hemos dividido todo este país en cuatro misiones. La primera es la de Conchó, o de Nuestra Señora de Loreto; la segunda es la de Biaundó, o de San Francisco Javier; la tercera, la de Yodivineggé, o de Nuestra Señora de los Dolores; y la cuarta, que todavía no está bien establecida y fundada como las otras tres, es la de San Juan Londó. Cada misión comprende muchas rancherías…Respecto a la misión de Nuestra Señora de los Dolores, sólo comprende Unebbé, que se encuentra al norte, Niumqui, o San José, y Yodivineggé, o Nuestra Señora de los Dolores, que le da nombre a toda la misión.

Niumqui y Yodivineggé son dos asentamientos muy poblados, cerca uno del otro. La Hermandad de la Congregación de San Pedro y San Pablo de nuestra Sociedad, formada en la ciudad de México bajo el título de “Los Dolores de la Santa Virgen”, y compuesta de la principal nobleza de esa gran ciudad, ha fundado esta misión, y mostrado, en todas las ocasiones, un gran fervor para la conversión de estos pobres gentiles.

Tal vez desde que Píccolo escribió su informe se daban servicios religiosos en el lugar, y en su afán de dar mayor relevancia al trabajo que se realizaba le llamó misión, pero fue Guillén quien plantó en el lugar la misión propiamente dicha, que años después dio abrigo y protección a los misioneros y neófitos amenazados por la rebelión de los pericúes; en 1740 sólo era visita de San Luis Gonzaga, y por órdenes de Gálvez dejó de funcionar en 1768, los pocos indios que quedaban se trasladaron a Todos Santos y sus ornamentos a Alta California.

Jesuitas – Compañía de Jesús

El objetivo principal de las misiones religiosas jesuitas fue evangelizar y crear una sociedad con los beneficios y cualidades de la sociedad cristiana europea, pero ausente de los vicios y maldades que la caracterizaban. Estas misiones fueron fundadas por los jesuitas en la península de Baja California, para algunos estudiosos constituyen una de las más notables utopías de la historia.

Con alianzas y contribuciones llegan los jesuitas desde el centro de la Nueva España a la península e inician la primera misión en 1697. Para lograrlo, se adaptaron a la cultura de los cochimíes, pericúes y guaycuras, pronto aprendieron sus lenguas. Así, les enseñaban infraestructura administrativa, económica y cultural que funcionaba en un régimen comunitario, donde los nativos eran educados en la fe cristiana.

A mediados del siglo XVII, los jesuitas enfrentaron la oposición de algunos sectores de la Iglesia Católica que no estaba de acuerdo con sus métodos de evangelización, se convirtieron en sospechosos de intentar hacer un imperio independiente, este argumento fue usado en una campaña difamatoria que dio como resultado la expulsión de los misioneros jesuitas de América a partir de 1759.

En Baja California el legado de los jesuitas ha perdurado con edificios que siguen de pie y dan testimonio de la perseverancia de quienes lideraron su construcción entre mar y desierto.

El Fondo Piadoso de las Californias tuvo su origen en 1696 con donaciones voluntarias hechas por individuos y corporaciones religiosas en México a miembros de la Compañía de Jesús, para posibilitarles propagar la Fe Católica en el área entonces conocida como California.

En 1691 le tocó al Visitador en funciones el Padre Juan María de Salvatierra recorrer los territorios en que laboraba el Padre Kino; y así vino a enterarse por éste de la situación de los indios californios y a preocuparse grandemente por ello. Desde luego hicieron promesa mutua de no descansar hasta lograr resolver el problema o de ir los dos a cristianizar California.

Con mucho entusiasmo inició Salvatierra sus trabajos para obtener el permiso y los elementos para realizar la empresa; pero no fue sino hasta fines de 1696 cuando llamado de Guadalajara a México por el Provincial, se le comunicó que al fin la Compañía le daba licencia para la entrada en California, pero que dadas las circunstancias del momento no se podía contar con ninguna ayuda de las cajas reales; y que ni el virrey ni los ministros estaban dispuestos a concederla; que correría por cuenta del propio Salvatierra obtener los medios necesarios para el transporte, subsistencia y seguridad de los misioneros.

Después de la autorización, el Padre Juan María solo pensaba en juntar, como se le mandaba, los socorros necesarios. Entre muchas ricas y piadosas personas que antes le habían ofrecido su ayuda, juntó en breve un fondo, el cual se conoce ahora como Fondo Piadoso de las Californias.

Alonso Dávalos, conde de Miravalle, y D. Mateo Fernández de la Cruz, marqués de Buenavista, dieron cada uno mil pesos en efectivo. Tres mil pesos se juntaron en efectivo de diferentes personas y diez mil en promesas. D. Pedro Gil de la Sierpe, Tesorero de Acapulco, ofreció proporcionar una galeota para el viaje y otro bastimento para el transporte de víveres.

A costa de no pocas vergüenzas y desaires que tuvieron que soportar tanto Juan María Salvatierra y Juan de Ugarte, a quien se asignó como compañero en esta empresa, juntaron otros nueve mil pesos, que ofrecieron algunos piadosos para los cinco primeros años. La ilustre congregación de los Dolores, fundada en el Colegio de México algunos años antes, a diligencia del Padre Vidal, su fundador y primer prefecto, dio diez mil pesos para que con sus réditos se sustentase uno de los misioneros y para otros dos dio veinte mil pesos. D. Juan Caballero y Ocio presbítero de Querétaro, ofreció al Padre Salvatierra pagar cuantas libranzas vinieran de California firmadas de su mano.

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