De vereda a Camino Real en la California del Sur

Rosamaría Mendoza Salgado

Compartir

La geografía de la península de California milenariamente delineada en senderos a través de planicies, valles y crestones de la sierra, tierra, arena y rocas, holladas por el paso de los grupos indígenas que poblaron estas tierras, senderos que unían rancherías y parajes habitados por Californios en los que se encontraban los aguajes y por ende los sitios en donde según la estación del año en que estuvieran, obtenían su alimento.

Desde el momento mismo en que se dio a conocer la existencia de la mítica California, la insistencia de los Jesuitas por lograr la evangelización de estas tierras era constante ante las autoridades Virreinales y Eclesiásticas, mismas que al fin autorizaron que una nueva expedición partiera esta vez de las costas sinaloenses, la cual zarpó rumbo hacia el sitio que ya se conocía como La Paz, estando al mando del navío el Comandante Isidro de Atondo y Antillón, acompañando a los Jesuitas Francisco Eusebio Kino, Pedro Matías Goñí y Juan Bautista Copart, grupo que desembarcó el primero de abril de 1683, sitio en donde levantaron un campamento que llamaron El Real de Nuestra Señora de Guadalupe, que abandonaron en corto tiempo, debido a la hostilidad de los nativos.

Cinco meses después, la expedición de F. Eusebio Kino regresa a la California a fines de septiembre, arribando el 6 de octubre del mismo año, en esta ocasión, a un punto que llamaron San Bruno, más el destino que marca la línea de la vida, los lleva a regresar a la contracosta, debido a las imposibilidades para sobrevivir en el lugar.

A bordo de la galeota Santa Elvira, 14 años después, arriba al mismo paraje el jesuita Juan María de Salvatierra, a quien acompañaban los integrantes de la expedición que comandaba Esteban Rodríguez Lorenzo, una vez en tierra constatan que no es posible la instalación del campamento en San Bruno, y se toma la decisión de localizar un paraje mejor ubicado y con agua dulce, iniciando una caminata de dos días guiados por los indígenas, por una senda conocida por ellos, hasta llegar al lugar que marcaría la historia de California y la consolidación misionera.

Esta vereda, se convirtió en el primer Camino Real de California, caminos que en el devenir del tiempo se multiplicarían durante el proceso de expansión misional, por ellos, sobreponiéndose a las huellas de pies descalzos, las de toscas sandalias sombreadas por hábitos Jesuitas, botas militares y caravanas de bestias de carga, Caminos Reales, que vieron pasar ornamentos y alhajas religiosas, alimentos y los efectos necesarios para la subsistencia de las nacientes misiones.

Así, llega el afortunado día del sábado 19 de octubre de 1697, cuando la cruz en vez de espada, en las manos del P. Juan María de Salvatierra, logra el tan anhelado paso para realizar la conquista y colonización de la California, iniciando así 70 años de trabajo misionero Jesuítico, al fundar la misión de Nuestra Señora de Loreto, madre de las misiones Californianas.

Una vez establecido el Presidio de Loreto, parten de él los Caminos Reales, entrelazándose con sendas y veredas tan antiguas como el polvo del tiempo. Para lograrlos, primero, era menester vencer la sierra, realizando el trabajo de desmonte y empedrado a la vez durante pesadas jornadas, tanto de religiosos, soldados y los catecúmenos que estuvieran dispuestos, tal y como fue el caso de la construcción del Camino Real hacia donde se pretendía construir la segunda misión, la que recibió el nombre de San francisco Javier Viggé o Biaundó, fundada por el Padre Píccolo, el sitio preciso, lo localizaron en plena Sierra de La Giganta, tanto el camino como la edificación de la iglesia es una de las grandes proezas jesuíticas, este Camino Real, es utilizado todavía en el siglo XXI, sin sufrir alteraciones en su ruta.

“Por junto salí yo con el Capitán y seis soldados a caballo, sin haber podido sacar en limpio de los indígenas si había aguaje en el camino o no… salimos antes de rayar el alba… se trabajó mucho en quitar espinas de órganos, tasajos y pitahayas, caminando como tres leguas con mucho trabajo por estar en un bosque de espinas y veredas nunca trajinadas por caballos. Al fin, desde lo alto, vimos que cruzaba una cañadita estrecha y la topamos toda llena de manantiales dulces, toda lindísima, [ con] agua en el pelo de la tierra y con zacate para las bestias también, este paraje distante de Loreto menos de cuatro leguas, paraje al que los indígenas llamaban Bahut en lengua Monquí, por donde recorrimos alrededor de una legua de parrales silvestres con cepas muy gruesas.”

“Subidos poco más de una legua, se estrechó la cañada entre montes y nos hallamos encerrados entre dos peñas, nos apeamos todos a descubrir los altos de la montaña, peñascos muy altos y toda ella coronada de cornija (cornisa), difícil a subirse a pie y mucho más a caballo… sudando todos en buscar pasos y aliñarlos, se venció la cuesta sin perder en ella ninguna bestia. Caminando por las laderas llegamos a la bajada de un cerro, de tierra suelta, piedrecitas menudas sueltas todas, tan empinada que no se podía bajar a pie, y así nos resbalamos sentados cuesta abajo, y luego una cuchilla de peñascos sueltos que se tuvo que andar con manos y pies……”

Fragmentos tomados de la carta enviada desde las Californias, por Juan María de Salvatierra, al Padre Juan de Ugarte – 1ro. de abril de 1699.

El dominio de los Jesuitas en la California era total, así como su renuencia sobre cualquier otro establecimiento con miras a colonizar, por lo que, al empezar a conformarse el primer asentamiento minero en la parte meridional de la península, su relación con los colonos no fue nada cordial, menos tratándose del comercio.

De esta manera, sin proponérselo, la actitud tomada por las misiones fue la que propicio el nacimiento de la economía privada en California, y con ello la ampliación de los Caminos Reales, ahora sí, solo con el fin del comercio, el que da inicio en el Real de Santa Ana en 1748, a iniciativa de Manuel de Ocio.

A partir de este momento se abren nuevas rutas, muchas de ellas partiendo y/o cruzando los ya conocidos Caminos Reales o Misionales, con el fin de consolidar el trabajo minero, ganadero y comercial, y la venta de todo lo necesario para la vida en las poblaciones fundadas por un cada vez mayor número de colonos.

Debido a la escasez de lluvias en la península y en consecuencia la falta de afluentes de agua es de suma importancia señalar la ubicación de los que nos han provisto del vital líquido, y por ende enterarnos de la orientación por donde debieron de pasar las veredas y posteriormente el Camino Real, refiriéndonos a la zona austral, tal y como da referencia Ulises Urbano Lassépas en su memorial de 1857:

En San Antonio y San Bartolo: Los Chorros, La Trinchera, Santa Rosa, y Santa Ana.

El Triunfo: El Salto, Tescalama, Arroyo Hondo, El Oro, San Antonio, El Rosario, San Vicente, El León y Laguna de Santa Gertrudis.

La Paz: El Rosario, San Luis, Huerta de Molina, La Pasión, Playitas, San Hilario, El Novillo, Santa Cruz, Dolores y Los Reyes.

Todos Santos: Todos Santos, La Muela, Pescadero, Carrizal, Valle Perdido, San Jacinto y Veladero.

Finalizando el siglo XIX los caminos para comunicar a los poblados mineros de El Triunfo y San Antonio desde La Paz, continuaban siendo llamados por uso y costumbres, camino Reale, por donde difícilmente transitaban carretas y carretelas.

 

REAL DE SANTA ANA

(ubicado a 14 km de San Antonio)

Santa Ana, nombre que le asignara el Padre Ignacio María Napoli a un paraje en las cercanías de la Sierra de La Laguna, lugar en donde funda la misión de Santiago en 1722, misma que posteriormente traslada más al sur, en donde hoy se encuentra.

Manuel de Ocio al enterarse de que en este lugar se habían recolectado muestras de metales, se traslada a él, acompañado de un pequeño grupo de interesados en su proyecto, y funda el primer asentamiento minero de las Californias, naciendo de igual manera en Santa Ana, El comercio privado.

Contando Ocio, además de gran visión, con una gran fortuna, la que logró amasar al descubrir ricos placeres perleros en los mares de Loreto, mientras presto sus servicios en el presidio del mismo lugar, fue tal la cantidad de perlas que obtuvo, que sin mermar su capital pudo adquirir en Guadalajara todo lo necesario para el laborío minero, comprar un barco para trasladar mercancías diversas para surtir un almacén en donde vendía a sus mineros lo que necesitaran, posteriormente obtuvo un sitio de ganado mayor, para lo cual compró una cantidad considerable de cabezas de ganado a la misión de Santiago, entre otros negocios.

Santa Ana rindió en su momento plata en considerable cantidad, y lo más importante propició el nacimiento del Real de San Antonio y El Triunfo. Ulises Urbano Lassépas escribió a mediados de dicha centuria: “Santa Ana no existe más que en la confusa memoria de los ancianos y el polvo olvidadizo de los archivos”, inmerecido fin, a pesar de guardar los vestigios de un trabajo colosal, en la colonización de la California, y que permitió el nacimiento de pueblos de gran tradición de donde provienen las actuales familias Sudcalifornianas.

Compartir

Boletín

Recibe nuestras noticias

Ingrese su correo electrónico

Añadir Comentario