Un Viaje a la Media Península

[dropcap]J[/dropcap]usto al atravesar la frontera entre el Estado de Baja California Sur y el Estado de Baja California, rumbo al este, a media península, se encuentra la entrada a una de las 176 Áreas Naturales Protegidas en México: El Valle de los Cirios. Una de las más extensas y mejor conservada, con cerca de 25 mil kilómetros cuadrados de superficie.

La Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT)  organizó un viaje con algunos de los más importantes corresponsales internacionales radicados en la ciudad de México, con el propósito de que pudieran conocer, vivir y difundir la singular belleza de este extraordinario rincón de nuestro país; es así como inicia este recorrido.

Salimos de La Paz en un vuelo especial a bordo de un avión de la Marina Armada de México y aterrizamos en Guerrero Negro, una población que nace en 1954 gracias al visionario estadounidense Daniel Ludwig, quien es el creador del desarrollo turístico de golf Tres Vidas en La Playa, que se encuentra cerca de Acapulco. Él inicia lo que hoy es la salinera o planta de producción de sal más grande del mundo. Al llegar nos esperaban con amplias sonrisas colaboradores de la SEMARNAT y de las Áreas Naturales Protegidas del Estado, incluyendo a El Valle de los Cirios.

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Abordamos varias camionetas tipo van para partir de inmediato y así ganarle la carrera a la oscuridad que se aproximaba con el crepúsculo. En menos de una hora nos encontramos ante la entrada de este impresionante valle con miles y miles de cactáceas que surgían por doquier en medio del desierto, donde predominan los cardones y los llamados cirios con alturas que sobrepasan los 15 metros. Los cirios son famosos a nivel mundial no solo por su altura sino por las contorciones de su tronco cónico y múltiples ramificaciones.

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Seguimos por un camino de terracería por dos horas para internarnos en un bosque de flora desértica. De pronto, nos encontramos con un pueblo minero fantasma conocido como el Campo o Pozo Alemán que data del siglo 19.

Everardo Meléndez, Biólogo que colabora con la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), nos comenta acerca de los antecedentes de este pequeño poblado hace años abandonado:

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“…El problema es que no se sabe mucho de esta área pero al parecer, albergó a un grupo numeroso de habitantes que se instalaron en diversas cuevas. Estos asentamientos humanos comprendían seguramente más de 100 o 200 personas en todo este gran complejo…”

En el grupo, Benito Bermúdez, Director de CONANP en Baja California Sur, conocedor de esta extensa y desolada zona de la media península, nos habla de este enigmático lugar:

 “…Los mineros de este pueblo extraían oro y plata. Hay un área de sedimentación que está aquí por el costado y galerías de entrada por donde se metían con pico y pala para estar sacando el mineral…”

Es un auténtico pueblo fantasma del que solo se percibe que fue habitado a finales de los años 1800. Existen cuevas cavadas bajo las pequeñas colinas que rodean el lugar. Algunas viviendas de dos pisos construidas con ladrillos, adobe y puertas de madera que aún permanecen, pero en total abandono. Hay un pintoresco y pequeño panteón donde curiosamente, contrastan flores artificiales de colores al pie de algunas de las blancas tumbas que se mezclan entre las tonalidades de la tierra arenisca que lo rodeaban. Según nuestros guías, algunas leyendas del desierto dicen que por las noches el sonido de las herramientas se puede escuchar cincelando para extraer minerales, además se pueden observar sombras misteriosas que deambulan a la luz de la luna entre casas y cuevas vacías.

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Cerca de ahí, cuando la luz del sol agonizaba llegamos a una ladera, y al subir por ella, durante no más de 15 o 20 minutos nos encontramos con una pequeña cueva. A pesar de su antigüedad, observamos pinturas rupestres en buen estado de conservación. Lo que más me emocionó es la vista de El Valle de los Cirios, es impresionante.

Para Víctor Sánchez, Director de la CONANP en Guerrero Negro, el origen de las pinturas es verdaderamente una incógnita. Se sabe que pertenecen a la cultura Gran Mural,  como las que se encuentran en el Cañón de Santa Teresa en la Sierra de San Francisco, en la zona de San Ignacio al sureste de Guerrero Negro y tienen una antigüedad de más de 7,000 años según los datos arrojados por el método de datación Carbono 14.

Según los antropólogos, las pinturas representan motivos mágico-religiosos asociados a su forma de vida. Sin embargo, un elevado nivel de habilidad se percibe en sus trazos y colores, teniendo en cuenta las herramientas rudimentarias que tenían a su disposición. Hay una imagen de una borrega perfectamente dibujada y a su vez, se logra distinguir a un venado y a unos peces como atunes o jureles, una tortuga y unas figuras humanas extrañamente representadas siempre con un tocado en la cabeza, algunas tienen los brazos extendidos y las manos con seis dedos. Cabe destacar que para plasmarlas los artistas tuvieron que haber usado alguna especie de andamio, para así poder pincelar las figuras.

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Los expertos opinan que los pigmentos utilizados como el rojo, el ocre y el negro, provienen básicamente de minerales como óxido ferroso y óxido de manganeso, obtenidos del volcán de las Tres Vírgenes que se encuentra cerca.

Después del descenso y con la tenue luz que anunciaba la inminente noche, abordamos las camionetas para dirigirnos a Guerrero Negro. Mientras tanto los periodistas, camarógrafos, guías y acompañantes conversábamos en el trayecto hacia nuestro destino. Nos esperaba una exquisita cena en el legendario y peculiar restaurante Malarrimo, del inolvidable Enrique Achoy, que ahora es atendido por su hijo Tony y familia.

En todos los sentidos, es una aventura que sin duda vale la pena experimentar en esta interesante zona media de la península de Baja California.
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