Enoc Leaño y la guerrilla cultural desde La Toba
En La Toba, el actor, director y gestor cultural Enoc Leaño, originario de Ciudad Insurgentes, Comondú, ha echado raíces a través del arte y la memoria. Su trabajo impulsa un festival de cine y un proyecto cultural más amplio que busca encender el desierto con imaginación, identidad y comunidad. Con una sólida trayectoria en cine, teatro y televisión, ha brillado en papeles antagónicos en Canal Once, TV Azteca, Televisa y Telemundo.
En la entrevista, Enoc reflexiona sobre el sentido del Festival Internacional de Cine de La Toba como un acto de homenaje. “No se trata únicamente de programar películas, sino de honrar a quienes llegaron antes, a los que sembraron el pueblo desde cero tras un llamado presidencial a poblar la zona luego de la Segunda Guerra Mundial”, dice. Leaño proviene de una familia de migrantes, su padre llegó desde Tijuana y su madre de Chihuahua.
El encuentro con un hombre budista que resguarda más de tres mil años de registros genealógicos marcó un punto clave en su vida. Ese respeto por los ancestros lo inspiró a traducir ese impulso espiritual en un acto concreto: el festival nace de la necesidad de honrar su linaje, especialmente a su madre, a quien dedicó la primera edición.

“Tengo que honrar a mis abuelos, tengo que honrar a mi madre, por eso empezó este festival. Si yo soy la punta de esta lanza, detrás de mí vienen mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos… Es un cúmulo enorme que me está impulsando”.
El festival ha sumado, año con año, nuevas capas de memoria. Una de las acciones más simbólicas fue la instalación de nichos conmemorativos dedicados a los antepasados de la comunidad, tanto vivos como fallecidos. Enoc colocó uno en honor a su abuelo Pancho, quien trajo la primera despepitadora de algodón, y recordó una película filmada en 8 mm por su otro abuelo en 1955, hoy en restauración. La intención es rescatar una historia viva que aún puede perderse.
Más allá del carácter íntimo, el festival tiene el propósito de resistir la pérdida del territorio y de la identidad ante la urbanización acelerada y el desarraigo cultural del norte del país. Pero él lo niega: “la pobreza emocional, la falta de oportunidades y la migración forzada son parte del día a día de muchas familias”.

El cine, entonces, aparece como un archivo afectivo. Una herramienta que puede sembrar ideas en el inconsciente colectivo, especialmente en lugares que suelen quedar fuera del centro narrativo del país. El festival, cuenta Enoc, ha logrado conmover porque despierta la intuición, el asombro y el recuerdo.
Uno de los momentos más emotivos para él ocurrió en la primera edición, cuando subió al escenario para agradecer a su madre, su esposa y su hijo. Recuerda que le pidió a su madre que dijera algo y ella respondió: “Gracias por no dejarlo solo”. Ese instante, sencillo pero poderoso, lo marcó.
En paralelo a la programación cinematográfica, el festival ha impulsado la creación de murales comunitarios. Hasta ahora se han realizado tres, y este año planean un cuarto. Uno de ellos fue hecho por Carlos Maciel “Kijano” en el CBTA 27, una preparatoria cercana a La Toba; otro está ubicado junto a una cancha cercana a la gasolinera, obra de Antonio Rodríguez. Además, se proyecta intervenir el tinaco del agua, que hoy luce oxidado, como una forma de resignificar el paisaje cotidiano del pueblo.
También contempla la muestra de cine con proyectores de manivela de 9 mm, la colaboración con el Museo del Santo, e incluso una pasarela temática con niños vestidos de luchadores. Para Enoc, el arte y la cultura deben dejar de ser jerárquicos o exclusivos de las élites académicas. Cree que todo saber debe traducirse para un público amplio o, de lo contrario, pierde su razón de ser.
“Yo me peleo mucho con los intelectuales. Todo tiene que ser aterrizable. Si no se puede traducir para la comunidad, entonces no los invito. Así de simple. Estoy siendo selectivo, perdónenme”.
A futuro, sueña con tener una sala de cine y teatro, esculturas en todo el pueblo y, sobre todo, con ver florecer vocaciones artísticas que nazcan de los talleres del festival. Su deseo es que alguien, en algún momento, le diga que gracias a La Toba encontró su camino en el arte.
Con honestidad, reconoce que quizá no logre todo lo que se propone, pero que podrá mirar a su hijo a los ojos y decirle que hizo lo que estuvo en sus manos. No desde la pretensión, sino desde una fe activa en lo que llama “guerrilla cultural”.
Un gesto de siembra y de rebeldía en medio del desierto.
Mi papá vino a trabajar a una compañía norteamericana que hacía pacas de algodón. Mi papá era el encargado. Nos mudamos toda familia; quedamos tres, mi hermana mayor, un hermano y yo.
A mí el cambio no me gustó, porque venía de vivir en una ciudad grande y nos mudamos a un desierto. No había luz, no había agua, no había nada. El cambio fue muy brusco, fue complicado adaptarme. Conocí a mi esposo en un baile, se organizaban en las mismas casas.
En eso momento recordó como él la invitó a bailar. Su familia había llegado también con un grupo de Tijuana cuando el general Agustín Olachea repartió tierras. Tuvieron siete hijos: Elia, Anita, Enoc, Edgar, Esmeralda, Everardo y Eloy.
Mis hijos crecieron aquí y asistieron a la única escuela que teníamos. Cuando el más pequeño tenía 40 días de nacido, nos mudamos a Tijuana, allá vivimos ocho años, pero no nos adaptamos preferimos regresarnos.
¿Cuándo comienza la inquietud en Enoc por ser artista?
En un principio decidió estudiar para maestro, y se fue a La Paz para entrar a la Escuela Normal. Al terminar se fue a la sierra de Sinaloa a hacer su servicio social. Entonces se enteró que existía en la Ciudad de México la escuela del estudiante, que era de asistencia y no dudo en irse a vivir para allá. Regresaba en vacaciones largas, como en Navidad. Para nosotros fue difícil porque estaba muy lejos y solamente venía dos veces al año.
La primera novela donde lo vi actuar fue en Nada Personal. Y a la vez me dio mucha tristeza porque al último lo matan. En la escena lo avientan desde lo alto y cae a un alambre de púas, así queda todo enredado, y pues yo sentí bien feo, toda la gente me decía mataron a tu hijo. Cuando a los días hablé con él me sentí muy tranquila.
A partir de ahí se le abrieron las puertas y fue subiendo poco a poco, hasta donde está ahorita.