Los Californianos y El Matrimonio

Eligio Moisés Coronado

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Eligio Moisés Coronado Cronista de la Ciudad de La Paz

El jesuita mexicano Francisco Javier Clavijero escribió su Historia de la Antigua o Baja California, aunque nunca estuvo en esta parte de la Nueva España, basado en noticias ya publicadas de sus hermanos de religión que se desempeñaron como ministros en la California peninsular.

En el capítulo de “Matrimonios” nos dice que la manera de llevar a cabo las relaciones matrimoniales entre los californios era diferente en cada región. “Entre los Guaycuras el que pretendía casarse enviaba a la joven una batea de aquellas que se usaban para limpiar y tostar las semillas comestibles, si ella aceptaba, correspondía el obsequio con una red y en la mutua remisión y aceptación de estos dones consistía el contrato matrimonial.”

   

Agrega que entre las otras naciones o tribus “se hacía el convenio después de un gran baile, al que era convidada toda la tribu del que quería casarse.”

  

 En lo que respecta a las viudas, añade que “se casaba, según el uso de los hebreos, con el hermano o con el pariente más próximo del difunto marido.”

   

Por lo que hace al adulterio, informa que “se tenía por grave delito y por una injuria que jamás se dejaba sin venganza y solía ocasionar guerras sangrientas. Sin embargo, si los interesados se desafiaban a la lucha o a la carrera, la mujer del vencido solía ser el premio del vencedor.”

su libro Historia natural y crónica de la antigua California, hace saber que entre los Pericúes, “se estilaba la poligamia o multiplicidad de mujeres.” Por oponerse los misioneros a esta costumbre fue que, entre otras razones, estalló la gran rebelión indígena de 1734-1736.

 

Dice Del Barco que las mujeres “eran las que cuidaban el sustento de la familia, y traían, a competencia, a sus maridos las frutas y semillas del monte, para tenerlos contentos. Porque, una vez desechadas, cosa que pendía de sólo su capricho y antojo, no hallaban fácilmente quién las admitiese. Con esto los maridos estaban tanto más bien provistos y regalados, cuanto mayor número de mujeres tenían… No había tanto exceso en las otras naciones, donde sólo tal cual de los principales tenía dos mujeres, viviendo los demás con sola una.”

Explica el jesuita que los indígenas “se divierten y bailan por sus bodas, por la fortuna en sus pesquerías y cazas, por el nacimiento de sus hijos, por la alegría de sus cosechas que espontáneamente les ofrecía la naturaleza, por las victorias de sus enemigos o por otras cualesquiera causas”.

Así mismo informa  que “para estos regocijos solían convidarse unas a otras las rancherías y también se desafiaban muchas veces a luchar, correr, probar las fuerzas y la destreza en el arco. En éstos y otros juegos entretenidos pasaban muchas veces días, noches, semanas y meses en tiempos de paz.”

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