La Boda de la Pericu y el primer Violin

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Arponear ballenas es faena que apesta. Por eso Macklish decidió abandonar aquel maloliente velero una noche que barloventeaba pegado a la costa oriental de una isla montañosa cercana a la laguna en las que el capitán ballenero gustaba matar grises.

Convenció de huir en un chalupín a otros dos escoceses que había conocido en una cantina de San Francisco: Collins y Hastings, ambos de nombre John. Luego, escondidos en una ensenadilla esperaron el alejamiento hacia el norte del ballenero en el que los habían embarcado, ahogados de borrachos.

 

Macklish, un Primer Violín de la Real Academia Escocesa de Música y Drama de Glasgow no poseía ni las manos ni las tripas necesarias para destazar y sacar lonchas grasientas de ballena, según pudo comprobar desde su primera incursión de caza. Lo mismo habrán pensado los dos juanes, más hechos al bullicio burdelero que a la carnicería marinera. Así fue como llegaron costeando, semidesnudos y casi náufragos, a la Misión de San José del Cabo, un verano caliente de 1862.

En una de las casas del pueblo encontró un viejo violín que alguien había traído ¡de Cremona!, emocionado tocó unos aires populares de los Highlanders que fascinaron a los reunidos por los dulces sonidos del instrumento. No fue su talante sino su talento lo que enamoró a la joven de ojos rasgados y larga cabellera semicana, hija del ganadero que los hospedaba.

Con ella habría de unirse ese mismo año. Una boda pomposa que reunió a todos los habitantes de misiones y rancherías del sur. En ésta se sacrificaron y asaron bajo tierra, cada día, cinco novillos gordos, diez puercos cebados, ocho venados cornicabra y volatería de acompañamiento; carnes que fueron regadas con negros vinos traídos de las norteñas misiones.

 

Los fandangos antes, durante y después del enlace duraron una semana con músicos de toda la comarca a los que el primer día Macklish acompañó gustoso con el instrumento prestado. En los solos que le solicitaron, Vivaldi y Mozart nunca habrán sido tan reverenciados como por aquellos rudos vaqueros y pescadores.

Contra lo acostumbrado, no fue la hermosa nativa la que ascendió en la escala social al casar con europeo, sino un Primer Violín educado en Glasgow y ahora empobrecido náufrago, quien alcanzaría el estatus de rico ganadero californiano.  A Dios habrá dado gracias.

Juan Melgar es profesor, comunicador cultural, reportero radiofónico, guionista de televisión y escritor. Autor de los libros de cuento Hombre delgado al garete (FORCA, 2007) y Narraciones ordinarias (ISC, 2010). blanquitalomas@hotmail.com.

Posdata: Uno de los juanes, Hastings, regresó a Escocia; el otro, Collins, dejó su simiente en la península.

 

 

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