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La Leyenda de la Campana de Santiago

 

México es un país de tradiciones, resultado del intercambio cultural entre los nativos indígenas y conquistadores; algunas fueron impuestas, otras adoptadas. Aunado a lo grande del territorio, tenemos un abanico enorme de costumbres.

Cada región del país tiene identidad a partir de su etnografía y arte popular que comprende: leyendas, gastronomía, creencias, festividades, música, danzas y artesanías que sustentan el turismo rural.

En este sentido se enfilan las palabras que en su momento escuché de voz de Don Remberto de la Peña, nativo del Rancho La Misión ubicado en Santiago, mientras impartía a la comunidad un taller de eco-turismo y turismo rural. Él relató su historia, la cual comenzó así:

¡Ahí, entre el cerco y aquel palo verde, busquen, por ahí debe estar! – Nos decía mi nana cuando estábamos kauillos, que significa chiquillos en lengua pericu, a mis hermanos y primos al corretear por los alrededores. Tendría unos 10 años, mi nana como 90, por eso pensábamos que desvariaba, pues nos mandaba a excavar en busca de un tesoro enterrado y una campana de oro que quizá estaba en ese lugar. Siempre que nos miraba jugar nos insistía sobre la exploración.

A veces, al estar con ella, le invadía la nostalgia y contaba anécdotas sobre su familia, otras veces acerca de los pretendientes de su juventud, entre todo, no omitía recordarnos que buscáramos el tesoro que estaba enterrado entre el cerco y el palo verde del rancho donde vivíamos con mis padres. Decía que habían enterrado un cofre con objetos de oro, entre ellos una campana. Me hacía prometerle que lo buscaría, la amaba tanto que siempre le decía que sí.

Cuando crecimos y mi nana murió, supimos que a todos los kauillos nos pedía lo mismo, buscar el tesoro. El tiempo paso, crecimos y nos envolvió la cotidianidad, los deberes, en fin.

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En septiembre del 2004, el paso del huracán Howard y la depresión tropical Javier, causaron grandes lluvias y deslaves en Santiago, asimismo en otras partes del Estado. Entonces se encontró una campana. Justo en el lugar que mi nana decía.

De inmediato se esparcieron los rumores en el pueblo de solo 752 habitantes, según el censo 2010. Pueblo chico, chisme grande. El personal del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) recogió la pieza y la trasladó a La Paz, ciudad capital del Estado, para estudiarla y restaurarla.

Alguien en el pueblo recordó que, en años anteriores, alrededor de 1995, llegaron extranjeros que se quedaron un tiempo en el pueblo, convivían e invitaban cervezas a los locales, traían un mapa y buscaban un lugar.

Los pobladores con su característica hospitalidad los guiaron a la zona que indagaban. Días después, los visitantes desaparecieron de la misma forma misteriosa como llegaron, dejaron un hoyo en el sitio tan rebuscado.

Ahora sabemos que ese terreno es propiedad de nuestra familia, en aquel momento no atamos cabos. Hasta que apareció la campana comprendimos la insistencia de mi nana.

De acuerdo con la historia

La Misión de Santiago Añini fue fundada por los misioneros jesuitas en 1724, estuvo financiada por Márquez de Villapuente de la Peña, nuestro ancestro, en algún espacio de su propiedad.

Algunos suponen que estos objetos se enterraron durante la rebelión indígena de 1733 en San José del Cabo, cuando los misioneros de Santiago Añini fueron advertidos y salieron huyendo. O tal vez, en la expulsión jesuita de 1767 cuando el rey de España les dio solo 3 días para salir de su reinado.

El caso es que huyeron llevando el cáliz y otros objetos de oro para la adoración e incluía la mencionada campana. Quizá decidieron enterrarlos pensando que las diferencias se solucionarían pronto y regresarían en breve, o eran tan pesadas que mejor las sepultaron para facilitar su salida, esto es una incógnita.

Lo que sabemos, es que las campanas para que suenen se fabrican con una aleación de cobre y estaño, más no de oro. Nuestra campana es original fechada en 1767. Se solicitó al INAH de regreso para conservarla como parte del patrimonio. Está en exhibición en la iglesia desde el año 2007.

Se tejen leyendas y recuerdos que dan identidad a las comunidades de la península, agregadas a los atractivos naturales son un tesoro que vale la pena recorrer.

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