Se casa la Prisca con el profe Miguel

Gabriel Fonseca

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Además, tocaba el piano… no en vano Rogaciana, su madre, la cuidaba como una moneda de oro. Decía que era la imagen viva de su madre, la abuela Altagracia. En contraparte Don Lázaro, el papá, se llenaba el pecho de orgullo para comentar a los cuatro vientos: “Prisca tiene el porte y la belleza de sus tías de Inglaterra. De mi suegra, tiene nomás los buenos modales”.

Y sí, la muchacha era hermosa y un dechado de virtudes, lo que provocaba ilusiones, admiración y envidia. Todo a su alrededor era un alboroto. Incluso el señor obispo fue criticado por haberle concedido la comunión fuera de tiempo y sin haber asistido siquiera a una sola clase de catecismo.

Todos los mentirosos profesionales y los admiradores secretos competían con gran entusiasmo todas las tardes contando sus mayores mentiras debajo del quiosco y jurando por Diosito santo para tener el amor de la Prisca.

Para ella, todo esto era lindo y a la vez triste. Prisca contaba que no sabía cómo ingeniárselas para no ilusionar a nadie. Como le sucedió al pobre de Atanasio, su amigo de toda la vida, a quien le había dado calabazas años atrás. De la decepción se emborrachó todos los días por seis meses, engordando a los músicos chirrines del pueblo y molestando a sus familias de tanta serenata que le llevó, hasta que el mero día de San Juan, al amanecer, lo vieron partir con rumbo a La Paz en el camión del correo. Desde entonces solo se sabe, según la madrina de Atanasio, que se casó con una estadounidense más bonita que Prisca y que vivía en San Francisco.

Conocí a Prisca en mis prácticas de maestro en su querida comunidad de Miraflores, un poblado junto a la sierra que tiene un arroyo cerca de la entrada. Ella y sus tres primas se juntaban todos los días a leer en voz alta y discutir las lecturas en la biblioteca de la casa de la tía Bertha. Tuve la suerte de encontrarlos allí para entregarles un paquete de libros que les llegó a San José del Cabo; y que me encargaron entregarle a la tía Bertha. Prisca me abrió la puerta. Al principio, me pareció delgada y muy chamaca, pero le eché el ojo.

Pasaron los días e incluso llovió. En una de esas tardes nubladas, llevé a los chamacos al arroyo para atrapar una rana grande y diseccionarla en nuestra clase de biología. Desde lejos, a la pura llegada vi una chica a lo lejos, en medio del arroyo que nadaba junto con sus primas. Me agradó lo que vi. No se pudo nada más, porque llegó doña Rogaciana a cuidar a sus criaturas. En ese tiempo era cuando Atanasio andaba borracho y se le presentaba a Prisca cuando menos se lo esperaba. Solo alcancé a cruzar mirada con ella, suficiente para sentir algo muy bonito y supe que era correspondido.

Su tía Bertha, jugó a cupido y fue la celestina. Me invitó a leer y comentar el libro de “El Mártir del Gólgota” en su tarde de lecturas. Llegué puntal y perfumado, nos sentamos en círculo con sus primas y su tía. Prisca comenzó a leer. Poco a poco perdí la noción del tiempo, no me di cuenta cuando nos quedamos solos, ni cuando dejó de leer y comenzamos a platicar. Tuve suerte de hacerla reír ese día, esa fue la clave. Desde ese momento, quería hacerla reír por el resto de mi vida.

Todo fue como de película. Pronto llegaron las fiestas del pueblo en diciembre, bailamos toda la noche y cuando tocaron el Pávido Návido, sin planearlo, nos escondimos detrás del puesto de los casamientos de la kermesse y nos hicimos novios.

Eso fue hace casi un año. Lo bueno es que nos casaremos en marzo del año que entra. Aunque ya hemos avanzado, todavía faltan detalles. Ella se encargó de sus ajuares de novia y de mi traje para la boda, los vamos a comprar en la tienda de mis padrinos “La Número 13” aquí en San José del Cabo. Ellos consiguen todo con una casa de modas en Guadalajara. El pedido demora como dos meses, uno de hechura y el otro en el proceso del envío.

Mi suegro ya separó unas vaquillas gordas. Él mandará a preparar barbacoa de res para los tres días de fiesta. Mi madrina también hará varios kilos de sopa fresca, con eso y una ensalada pobre, dejamos resuelto el asunto del plato fuerte. Aunque además veré si Doña Leonor la pastelera, aparte del quequi, me puede hacer unos 200 “sándwiches de boda” para la bienvenida.

La bebida me preocupa. Traeremos de Mazatlán por barco, cerveza fría y aunque hace buen tiempo, con el mar nunca se sabe. Confiemos en Dios que todo va a salir bien. Las invitaciones nos las regaló la tía Bertha, las van a imprimir en el mero México, Distrito Federal. En la fiesta, tocará la Orquesta de don Chon Cerecer que son los mejores músicos de toda Baja California.

Nos vamos a casar el 19 de marzo, el día de las festividades del santo patrón del pueblo. Estamos aprovechando la llegada del obispo. La fiesta será en el salón de eventos, Club Círculo Social Josefino, y al día siguiente continuaremos la celebración en Miraflores con la familia Prisca.

Para terminar con broche de oro, después de un mes nos embarcaremos a San Diego, California a pasar la luna de miel.

Creo que es un montón de problemas para un maestro de primaria de 24 años, pero nomas me acuerdo del día que la conocí, cómo nos hicimos novios, y me dan ganas de casarme veinte veces con ella. Confío en Dios que muy pronto nos mande los hijos porque los suegros están ansiosos por ser abuelos.

Mientras me voy para la escuela, que por lo pronto tengo veinte chamacos que enseñar ahora.

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