La Leyenda: La revancha del mar

Manuel Torre Iglesias

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Los hombres de mar buscan siempre en el mar su salvación o su venganza. El abismo azul es su inexorable confidente. Le cuentan las penas y las alegrías con optimismo infantil o con saña implacable. Por eso Salvador Almaraz cobró en la cima acuática su cuenta de amor pendiente con Rufino Cuevas.

Ambos eran buzos. De los buenos. Su rivalidad era tradicional en el oficio. Habían sido muy amigos años atrás. La armada de don Fernando Moreno nunca se hacía a la mar sin ellos.  Ambos vivían en el barrio del Esterito, donde todo pescador tenía su asiento. El producto de sus contratas les había permitido ser dueños de sendos botes que unas veces rentaban y otra manejaban por sí mismos. Los distanció un amor encendido y rival.

Rufino Cuevas había amado apasionadamente a Beatriz Acosta, la novia de Salvador, una de las mas lindas mozas que tenia su vivienda en un jacal bajo los palmares de la playa. Beatriz tomó a pecho el ardor de Cuevas y defraudó ostentosamente el cariño prometido de Salvador, quien con el fruto de sus faenas había logrado levantar una casita y un tren de pesca completo con mira de casarse con Beatriz. A partir de entonces, Salvador cobró un odio ciego a Rufino que se enlisto en la armada de los hermanos Gilbert.

Un día Rufino raptó a Beatriz y se hizo a la rumbo a las Islas Marías en cuyas aguas recalaban todas las armadas perleras. La noticia de la fuga de Beatriz anonadó a Salvador por largos días. Pero la vida se burla muchas veces de la injusticia de los hombres y los favorece con inesperados albures de buena fortuna. Rufino ganó en su aventura del Pacífico varios millares de pesos. Seis meses después volvió con Beatriz a La Paz dejándola con su madre viuda. Durante varios meses las atenciones siguieron su turno sin novedad, pero pasado un año el amor empezó a enfriarse quizá a las continuas ausencias del buzo, hasta terminar casi en indiferencia.

Se encontraron los dos hombres a punto de alistar sus respectivas armadas y salieron al mar. Los dos llevaban el mismo destino: los placeres de Mulegé, en los que meses atrás se habían descubierto vastos riscales de madre perla y concha nácar.

Salvador se ajustó los zapatos con gruesas suelas de plomo, se apretó los ceñidores de las muñecas y se dejó acomodar el cabezote en el collar metálico. El cabo de vida revisó la cuerda guía y el tubo de aire. Tras unos bombeos Almaraz probó la válvula de escape. Todo estaba en regla. Se acomodó un cuchillo en la cintura y lentamente se dejó escurrir por la borda del bote al mar. Llegado al plan, tras una rápida inspección, Salvador tiró de la cuerda tres veces pidiendo su arrío.

El San Antonio, el bote de Rufino Cuevas se iba acercando al Cromwell. El buzo había realizado sin duda la misma exploración hasta dar con el copioso placer. Al filo del mediodía los buzos se despojaron de los cabezotes para comer, en las popas de ambos botes se amontonaban las conchas prometiendo una fortuna. Tras la comida, Almaraz y Cuevas bebieron unos tragos de ron.

Mañosamente fue vertiendo Almaraz el anuncio de la mantarraya que aseguraba haber visto bajo las aguas. Era la bestia más temible del vórtice tanto por su tamaño como por su impulso feroz. Aquella enorme plancha gruesa de carne viscosa, atacaba como un ariete. Salvador se irguió en la proa dirigiendo la recia voz a los hombres del San Antonio:

– ¡Mantarraya a estribor!

Pero aquello no era obstáculo para Rufino Cuevas. Estaba acostumbrado a lidiar con el tiburón y la manta, con el pulpo y las almejas burro que encadenaban los pies entre sus enormes valvas.

Allá abajo se juntaron los dos hombres. Avanzaban lentamente, levantando con precaución los tremendos zapatos metálicos, viéndose forzados a cada rato a dar escape al aire que hinchaba la escafandra y los elevaba del plan, no obstante, su peso.

Se contemplaron unos instantes a través de los vidrios redondos de los cabezotes. Tras los cristales los vidrios redondos de los cabezotes. Tras los cristales los ojos parecían más grandes y las llamas del rencor fulgían como dagas. Salvador dio unas hábiles vueltas en torno a Cuevas como evadiendo el encuentro. Rufino se agachó para cortar en los riscales las conchas. Salvador avanzó rápidamente se lanzó sobre Rufino por la espalda y de un tremendo tirón arrancó el tubo del aire que penetraba en el cabezote por el occipucio. Un glu-glu seguido de un aluvión de burbujas rodeó a Salvador poniendo ante él una cortina de espumas. Se deslizó con rapidez caminando hacia el bote.

Entretanto Cuevas, sorprendido por el terrible empuje del agua que invadía su escafandra, mientras retenía la respiración, busco a tientas el cabo que lo ataba por la cintura y que en la faena había quedado colgado a nivel de las piernas. Era un intento angustioso, ciego por el agua, manoteando a ambos lados. El cabo de vida, al observar en la superficie la globulación del aire y sospechando el accidente, comenzó a tirar del cabo con todas sus fuerzas. El arrastre del buzo era difícil, pues llena de agua la escafandra, el cuerpo había aumentado doblemente su peso. Se arrojaron al mar dos hombres, expertos en buceo de cabeza. Bajaron unas cuantas brazas, pero Rufino se debatía en el fondo profundo donde el impulso humano por si solo no podía llegar.

Minutos después, con desesperados esfuerzos, Rufino Cuevas era izado exánime sobre la cubierta de su bote. Había muerto de asfixia. Un profundo silencio cobijó por largo rato ambas embarcaciones. Ceso el trajín de las máquinas mientras los hombres del San Antonio pugnaban en vano por volver a la vida al buzo muerto, levantando y bajando los brazos y estrujando su tórax. El mar se había cobrado la vida del guapo mozo, uno mas en la aventura audaz.

Sí las cosas de tierra las lava el mar. Pero contra el desamor no hay revancha posible. Mas temibles que aquellos monstruos del abismo salobre, son las garras de los celos y el orgullo de las almas.

Revista Completa: http://bit.ly/TravesiaEntreDosMares-T44

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