Se negaron a ser héroes

Reunidos en el enorme galerón de lámina galvanizada en Santa Rosalía, representantes de los mineros, obreros de la fundición, mecánicos, operarios de talleres, del teleférico y de las plantas de energía deliberan acerca de la hora en que los piquetes de huelga deben comenzar en los chutes de descarga del mineral, las bocas de cada una de las minas, la estación de trenes, el puerto, las vías, los talleres… Los líderes de dos mil hombres decididos a mejorar sus salarios miserables y las condiciones de vida insalubres en que los mantiene la compañía minera discuten y proponen.

Sobre una tarima que se eleva medio metro sobre los cascos de baquelita y las gorras mugrientas de los trabajadores, Ascasio el Rojo está haciendo un recuento somero de las villanías que la minera francesa les hace desde que empezaron a horadar los tiros en los cerros circundantes. Quiere rematar su pieza oratoria con frases cargadas de ánimo, consignas combativas, probadas ya en Cananea a principios de ese siglo que está por entrar en su tercera década:

–¿Vamos a permitir tanta injusticia? ¿Murieron en vano nuestros hermanos revolucionarios? ¡Es hora ya de cobrar al capital extranjero sus iniquidades y la brutalidad con que nos tratan! ¡Hermanados por nuestra condición de generadores de la riqueza, debemos luchar por un salario justo, por médicos y medicinas para nuestros hermanos corroídos por la silicosis! ¡Vamos a la huelga! ¡Probemos nuestra fuerza!

La masa enardecida de trabajadores arropa el discurso incendiario con gritos desgarrados, insultos a los capataces e ingenieros franceses y a la compañía minera que tantas iniquidades comete. Un puestero del mercado público, contagiado por el fervor oratorio de El Rojo salta a la tarima y clama, exige el apoyo decidido de los obreros y de los habitantes todos del pueblo, pues ¡basta ya de explotación y malos modos! ¡Debemos acabar de una vez y para siempre con los pésimos tratamientos! ¡Ni un paso atrás en sus demandas, camaradas! ¡Hasta la victoria!

Unos golpes repetidos en el portón de entrada del galpón interrumpen la oratoria encendida del líder social. Alguien abre y entra un teniente que mientras acaricia la cacha de su pistola .45, grita:

–¡El señor gobernador del territorio, mi general Agustín Olachea Avilés, diplomado de Estado Mayor y héroe de sonadas batallas revolucionarias, exige a ustedes que depongan su actitud antipatriótica y salgan de esta reunión ilegal con las manos en alto! ¡Quienes no atiendan el llamado serán sometidos, y los sobrevivientes llevados a las islas Marías como escarmiento!

 

Silencio expectante. Ni las respiraciones agitadas de los oradores se escuchan. Hasta que la voz bravía, envalentonada del puestero del mercado y ahora líder social se impone y rebota sobre las paredes grises del enorme galerón:

–¡De aquí nadie sale si no es para instalar los piquetes de huelga!

–¡Peeelotón! ¡Preeeparen armas!

Afuera, alrededor del salón, el metálico sonido de once cerrojos de máuser siendo accionados para montar cartucho se escucha como si de trescientos fusiles se tratase ¡clac- clac-clac-clac!

Un silencio pesado y eterno se abate sobre la reunión. El primero en saltar de la tarima es el puestero líder, que se escurre blandito hacia la salida, con la cabeza hundida entre los hombros y las manos enlazadas sobre la nuca. En silencio, deseando ser invisibles, El Rojo y el resto de los conspiradores lo siguen, arrastrando los zapatones rudos, cada cual con la mirada perdida en la espalda del compañero que le precede. Deslumbrados por el sol del mediodía al cruzar el umbral, ninguno entre ellos es capaz de esquivar el seco, breve culatazo en las costillas con el que la fila va siendo recibida por unos soldados bajitos, impasibles, que “sólo hacen su trabajo”.

SANTA ROSALÍA

Santa Rosalía es un lugar único y fascinante con personalidad totalmente distinta a lo que se espera de un pueblo frente al mar.

Desde su origen en 1885, la ciudad que alguna vez dependió de la primera y más grande mina en California por su riqueza en yacimientos de cobre, aún exhibe con orgullo los vestigios del esplendoroso pasado.

También llamada la París Mexicana, Santa Rosalía te transportará en el tiempo por su arquitectura europea: edificios, marcos de puertas, balcones, faroles y por su puesto el ícono histórico, la fundidora, localmente llamada “la boleita”. Sus chimeneas, vagones de carga y otras pizas de equipo minero antiguo se pueden apreciar detrás de las rejas.

Inspirado en el estilo francés del siglo XIX, el centro histórico con 31 edificaciones fue declarado Monumento Histórico en 1985. Otro de los principales atractivos es la Iglesia de Santa Bárbara, diseñada por Gustav Eiffel, la cual fue exhibida en Francia y Bélgica junto con la Torre Eiffel, sin embargo en 1897 fue trasladada a Santa Rosalía como obsequio al pueblo por parte de la compañía Minera.

 

Si se encuentra en su paso por la península, este sitio merece una mirada de cerca. Se puede recorrer en una o dos horas, en cada esquina habrá oportunidades excelentes para fotografiar. Dar un recorrido dentro de la Panadería el Boleo, fundada en 1901 y comer una tradicional trenza rellena de cajeta o un virote es otra razón para visitar este pueblo.

Con un fascinante encanto este destino alberga gran potencial para su desarrollo turístico, por lo que ha sido propuesto para su inclusión dentro del programa Pueblos Mágicos de México en dos ocasiones, 2012 y 2017. Sin duda es una joya valorada por todos sus visitantes. ¡Descúbralo!

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