De Repente, Cachanía

Juan Melgar

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Habrá sido asunto de magia, de encantamiento, de milagrería o qué sé yo. El caso es que el pueblo nació en el último cuarto del siglo XIX.

Así, de repente: bajan de un gran velero de tres palos los topógrafos: sombreros salacot que no alcanzan a cubrir sus narices, camisas y pantalones cortos de caqui y rudas botas de caña alta; bajan, con sus teodolitos y varas de marcar… Apuntan sus lentes, mandan plantar estacas y tirar líneas de cal entre y sobre los peñascales del arroyo, luego suben a las mesas pedregosas para hacer lo mismo.

Tras ellos llegan decenas y decenas de carpinteros con barrotes y tablas, clavos, herrajes de unión, serruchos, cepillos, formones, escuadras y niveles para levantar sin demasiada ciencia los galerones de tablazón traslapada donde han de vivir los mineros mexicanos y los obreros con sus familias, ahí mero, en el medio del cañón.

Se afanan y pulen, eso sí, con los edificios civiles del centro del poblado: la aduana, la escuela primaria, el kínder, el teatro, el hotel, el mercado, la panadería, la tienda de raya. Suben luego a la mesa Sur para edificar las casas sencillas de los empleados mexicanos. A tiro de fusil de aquí, en la mesa Norte, levantan, en una elevación con vistas a la playa de cantos rodados donde en breve estarán el muelle y la fundición, las oficinas de la recién instituida Compañía Minera El Boleo.

Desde su pórtico de entrada podrán verse luego las casonas de los funcionarios, el hospital y el Hotel Francés. Todas las casas tendrán un porche, breves y estrechos los de las clases inferiores, largos y amplios los de las construcciones de los europeos, pero en todos ellos sus habitantes capotearán el bochorno infernal de las tardes veraniegas.

¿Atinaron los arquitectos franceses en los materiales idóneos para construir un pueblo en estos territorios que hierven en verano y son azotados por los mordientes vientos del Golfo de otoño-invierno? Separadas del pedregal, alzadas sobre zancos de pino, las edificaciones tienen un colchón dispersor y aislante de las temperaturas. Láminas de ardiente zinc sobre los techos son atemperadas por la infaltable madera que los barcos siguen trayendo desde los aserraderos de ese Washington que ha sido alcanzado por el destino manifiesto en la conquista del Oeste y es ya proveedor de nuestras industrias.

Al parejo de las casas habitación y los edificios civiles, los ingenieros hacen que los obreros levanten con grúas, polipastos, malacates, cables y mañas mil, las vigas de acero sobre las que descansarán las planchas con los hornos de la fundición, el gigantesco generador eléctrico suizo que va a dar luz y fuerza al funicular alemán de canastillas transportadoras de mineral, a los teléfonos, a los talleres con sus máquinas de tornear, fresar, cortar, cepillar, rectificar y a lo que usted quiera y mande y necesite, porque Europa es horizonte lejano y aquí hay que fabricar piezas de recambio, igualitas.

En dos mágicas patadas, la traza del pueblo está terminada y las construcciones de madera y fierro siguen su ritmo incesante, al tiempo que excavadores yaquis, chinos y otros mineros traídos de la contracosta mexicana y de diversos países horadan con pico, cincel y pala los cerros vecinos para sacarles el cobre, un mineral de tan alta ley que puede pagar el gasto de edificar -en dos milagrosas patadas- un pueblo en medio del agreste californiano.

Como hormiguitas, ya acuestan los durmientes de trozas y edifican con enormes vigas los puentes sobre las cañadas en los que tienden y clavan los rieles de vía angosta en que llegan los trenes con vagones cargados de cobre y manganeso desde Purgatorio, Santa Marta, Providencia para alimentar los hornos de los que salen planchas coloradas que entran y se apilan en las bodegas de los barcos.

Ya transcurren veinte años más de los cincuenta que don Porfirio concesionó a los Rostchild para que vinieran a desarrollarnos. Como el sudor y la sangre y los pulmones de los espectros que recorren las galerías, ya se agotan las vetas de cobre y se van los franceses a su tierra dejando aquí su simiente, una industria quebrada, hermosos edificios civiles y un pueblo mágico. Los valientes se quedan. Cachanía sobrevive.

“Cachanía” no es una apócope de Santa Rosalía como algunos suponen, sino un sustantivo familiar “cariñoso” que le han dado sus habitantes a este pueblo minero peninsular del Golfo de California, importante productor de cobre a principios del siglo XX.

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