En Mérida, cuatro presidentas ex oficio nacionales de AMEXME compartieron las decisiones, crisis y aprendizajes que explican cómo una organización de mujeres empresarias ha logrado transformarse y permanecer durante 61 años.
Una asociación no se sostiene únicamente con estatutos. La sostienen las personas dispuestas a comenzar cuando todavía existe muy poco, a defenderla en los momentos difíciles, a documentar lo aprendido y, sobre todo, a entregar la responsabilidad para que alguien más pueda continuar.
Esa fue una de las reflexiones centrales del panel realizado durante el Primer Encuentro AMEXME: Voces de Liderazgo y Legado, en Mérida.
Judith Yanini Flores, María del Carmen García Noemí, Ana María Sánchez Sánchez y Lucero Cabrales García Conde, presidentas nacionales ex oficio de AMEXME, compartieron el escenario bajo la conducción de Ivett Bonifaz Famanía, presidenta nacional de la asociación.
Con sus testimonios recuperaron una memoria institucional marcada por el trabajo, la amistad, las diferencias, los sacrificios familiares y una convicción compartida: ninguna mujer debería sentirse sola mientras desarrolla su empresa y busca ocupar los espacios que le corresponden.
Antes de ser visibles
La vocación de Judith Yanini Flores también nació de una conciencia temprana sobre la importancia de organizarse. Su padre, empresario y radioaficionado, mantenía comunicación con distintos países. A través de él conoció la participación de las mujeres europeas después de la Segunda Guerra Mundial y supo de la existencia de organizaciones femeninas empresariales.
Años después, un letrero de una asociación de mujeres empresarias despertó su interés. Aunque ya encabezaba una organización integrada por más de cien agentes de seguros, inicialmente fue vista solamente como una agente y no como la empresaria que realmente era.
Aquella experiencia fortaleció su propósito: ayudar a otras mujeres a generar sus propios ingresos, alcanzar autosuficiencia económica y adquirir la libertad que nace de poder tomar decisiones sobre su vida.
María del Carmen García Noemí creció rodeada de mujeres. Su historia familiar, marcada por la migración libanesa y un fuerte matriarcado, le permitió reconocer desde muy joven la capacidad empresarial de quienes sostenían negocios y familias sin recibir necesariamente reconocimiento.
En las tiendas de Mérida veía a mujeres que administraban, compraban mercancía, atendían clientes y tomaban decisiones, pero continuaban siendo identificadas únicamente como esposas, hermanas o hijas.
“Eran las que compraban, las que vendían, pero no tenían una sola acción de los negocios de su familia”, recordó.
Esa realidad la impulsó a participar en la fundación de AMEXME Capítulo Yucatán en 1998. El propósito era reunir a aquellas mujeres, reconocer su aportación económica y conseguir que sus opiniones fueran tomadas en cuenta.
La llegada de Lucero Cabrales García Conde a la asociación estuvo marcada por una serie de coincidencias. Después de sufrir el robo de sus joyas, recibió una invitación para asistir a una exhibición. Aunque no estaba dirigida a ella, su hija la animó a acudir.
Ahí se encontró con María del Carmen, quien le hizo una pregunta aparentemente sencilla:
“¿Tú eres empresaria?”
Lucero dirigía su escuela y buscaba relacionarse con mujeres que comprendieran las exigencias y responsabilidades de encabezar un negocio. Ingresó buscando amigas y encontró una comunidad que transformaría su vida.
Construir una institución
Ana María Sánchez Sánchez comenzó colaborando en la elaboración de las actas de AMEXME Capítulo Culiacán. Más adelante asumió la secretaría y, en 2004, fue elegida presidenta. Los resultados de su consejo llevaron a las asociadas a pedirle que permaneciera un segundo periodo.
De aquellos años conserva una enseñanza fundamental: las responsabilidades dentro de una asociación son temporales.
“No debemos apoderarnos de los capítulos. Tiene que venir otra mujer, con nuevas ideas, que haga más grande la asociación.”
Judith Yanini impulsó la federalización de la organización y contribuyó a su expansión por distintas regiones del país. Uno de los momentos más importantes fue la realización del Congreso Mundial de FCEM en 2002 en la Ciudad de México, inaugurado en el Museo Nacional de Antropología y con una cena de clausura en la residencia presidencial de Los Pinos.
María del Carmen, por su parte, defendió la necesidad de que una organización nacional tuviera presencia física en la capital del país. Durante su gestión se logró establecer una oficina en Paseo de la Reforma y crear un espacio donde las empresarias provenientes de diferentes estados pudieran reunirse, mostrar sus productos y establecer relaciones comerciales.
No se trataba solamente de contar con una dirección. La oficina representaba presencia, identidad y pertenencia nacional.
Ana María enfrentaría después otro desafío: organizar un Congreso Mundial sin depender de recursos gubernamentales. Convencida de que podían lograrlo, puso su propia tarjeta de crédito como garantía.
El encuentro cumplió con sus compromisos internacionales y generó recursos para la asociación. Más allá del resultado económico, dejó una certeza: las empresarias podían construir proyectos de gran escala con planeación, confianza y trabajo colectivo.
Su gestión también alcanzó uno de los espacios internacionales más relevantes para la agenda económica de las mujeres. En abril de 2017, Ana María participó en la Cumbre W20 (Women 20), celebrada en Berlín bajo la presidencia alemana del G20 y el liderazgo de la canciller Angela Merkel. El encuentro buscó impulsar la equidad de género y el empoderamiento económico de las mujeres dentro de la agenda de las principales economías del mundo.
En ese momento, Ivett Bonifaz era presidenta de AMEXME Capítulo Los Cabos y tuvo la oportunidad de acompañarla. Años después, ambas volvieron a coincidir en Mérida, ahora con Ivett al frente de la presidencia nacional. La escena trazó un puente simbólico entre dos momentos de la asociación: quien entonces acompañaba a la presidenta nacional en una representación internacional conducía ahora una conversación destinada a preservar y transmitir aquel legado.
Una crisis que obligó a renacer
Uno de los momentos más delicados de la historia institucional estuvo relacionado con la propiedad de las antiguas siglas de la asociación.
La crisis obligó a proteger legalmente su identidad, registrar un nuevo nombre y preservar la continuidad de una historia construida durante décadas. Ana María encabezó parte de esa defensa y promovió el registro de AMEXME y de su lema.
Lucero se convirtió posteriormente en la primera presidenta nacional que encabezaría plenamente la organización bajo el nombre de AMEXME.
Para muchas asociadas, despedirse de las antiguas siglas implicaba cerrar una etapa profundamente significativa. Durante un encuentro realizaron un acto simbólico: rompieron papeles con el nombre anterior para despedirse de él.
Hubo lágrimas y resistencia, pero también una decisión compartida de continuar.
Cuando el nuevo nombre comenzaba a consolidarse, llegó la pandemia. Las reuniones, congresos y visitas a los capítulos quedaron suspendidos. La tecnología permitió mantener unida a la organización, avanzar en la transición legal y fortalecer una comunicación que hasta entonces dependía principalmente de la presencialidad.
Lucero entendió que la transformación debía sobrevivir a su presidencia. Por ello impulsó, junto con un equipo de quince mujeres, la creación del Plan Rector: una guía destinada a conservar procesos, aprendizajes y criterios institucionales.
“¿Qué va a pasar con todo esto cuando yo me vaya? ¿Se va a ir al cajón del olvido?”, recordó haber pensado.
El objetivo era que ninguna presidenta tuviera que comenzar nuevamente desde cero.
El costo invisible
Al hablar sobre el equilibrio entre familia, empresa y asociación, las panelistas coincidieron en que no existe una fórmula perfecta. Cada responsabilidad asumida trae decisiones, renuncias y costos que pocas veces aparecen en una semblanza profesional.
María del Carmen recordó el apoyo de su esposo Carlos, quien, en sus palabras, “la dejó ser”. Sin embargo, también se perdió celebraciones y momentos personales importantes. Con el tiempo encontró una recompensa profundamente personal: saber que su esposo, sus hijos y sus nietos se sentían orgullosos de ella.
Ana María habló con la misma honestidad:
“Las presidencias son lugares solitarios, porque nos perdemos de las amigas, nos perdemos eventos familiares, nos perdemos muchas cosas.”
Mientras ella atendía sus responsabilidades en la asociación, sus hijas asumieron la operación y profesionalización de los negocios familiares. Lo que desde fuera podía parecer un logro individual era, en realidad, el resultado de un equipo.
Lucero resumió su experiencia desde la responsabilidad personal:
“Somos el resultado de nuestras elecciones en la vida. Siempre hay un sí y un no, y las que decidimos somos nosotras.”
Judith también encontró en su familia la continuidad de su historia. Entregó responsabilidades empresariales a su hija y vio a sus hijos y nietos construir sus propios caminos. A los 83 años, aseguró que su pasión continúa intacta: ver a más mujeres realizadas y económicamente independientes.
Una voz que cambió las reglas
Uno de los momentos más significativos compartidos por María del Carmen ocurrió durante un encuentro mundial en Eslovenia.
En aquel momento, la organización internacional reconocía únicamente el francés y el inglés como idiomas oficiales. María del Carmen tomó la palabra para plantear que, si realmente deseaban incluir a los países latinoamericanos, debían reconocer “la dignidad de nuestro idioma”.
Su intervención fue recibida con una ovación y contribuyó a que el español fuera incorporado como idioma oficial.
La anécdota resume la esencia del panel: una voz puede representar a muchas cuando se atreve a ocupar el espacio y expresar con claridad lo que antes no había sido dicho.
El legado no se posee
Para Judith, el legado consiste en creer en los propios sueños, perseguirlos y escuchar el corazón. Su mayor cosecha no se encuentra en los cargos ocupados, sino en los rostros, los abrazos y las vidas de las mujeres que encontró durante el camino.
María del Carmen habló de las estructuras y reconocimientos que permanecen, pero, sobre todo, de la lealtad a la organización. Recordó que ninguna presidenta es propietaria de una asociación.
Ana María definió el legado como una larga cadena de trabajo, éxito, amor y sufrimiento:
“AMEXME es venir a servir. Ese es mi ejemplo y eso es lo que me gustaría que recordaran de mí.”
Lucero decidió responder desde lo que ella misma había recibido:
“Yo siento que a mí me dio vida AMEXME. Me dio una serie de amigas entrañables y espero haberles dejado mi corazón.”
Ivett Bonifaz cerró con una reflexión dirigida a quienes suelen preguntar qué puede darles la asociación. La pregunta verdaderamente transformadora es qué está dispuesta a entregar cada una.
“El que da, al final, es el que se queda con la mayor parte.”
El liderazgo permite que una mujer ocupe un espacio. El legado consigue que la puerta permanezca abierta para que muchas más puedan llegar, permanecer y construir algo todavía mayor.