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No se ha encontrado, hasta ahora, que los californios hayan sabido el artificio maravilloso de las letras, y con que pueden conservarse las memorias de los siglos pasados. Antes bien, les causó grande admiración que se pudiese hablar a los ausentes de otro modo que, por la viva voz de un internuncio, como lo da bien a entender el caso siguiente:

Sucedió, hacia los primeros años de este siglo y de la conquista, que un niño de la misión de San Javier, habiendo ido a Loreto, el padre que estaba ahí envió con él dos panecillos al padre Juan de Ugarte, misionero de San Javier, y juntamente cartas, en que, además de lo que ocurría le avisaba de los dos panecillos que le enviaba. (En aquel tiempo era un especial regalo por no hacerse pan sino en Loreto, y esto no de continuo, sino cuando habían traído harina de la otra banda del mar). El indio en el camino probó el pan y como le supo bien, fue comiendo hasta que acabó con todo, creyendo que, como iba solo nadie lo sabría. Llegó a San Javier y entregó su carta al padre Ugarte quien, viendo lo que en ella decía, dijo al indio que le entregase lo que en Loreto le dijeron que trajera al padre.

Respondió, que nada le habían dado. Replicó el padre que le habían entregado dos panecillos. Volvía a decir el indio que nada había recibido. Y, como el padre aún instase sobre lo mismo, preguntó el indio: ¿pues quien dice que me han entregado eso para ti? Este lo dice, respondió el padre, mostrándole el papel. Admiróse el pobre neófito de que una cosa tan pequeña, y tan delgada, supiese hablar. No obstante, dijo que, si el papel lo dice, ¡miente!

Dejóle con esto el padre, conociendo lo que había sucedido. Pasado algún tiempo, volvió a repetirse el caso, porque, habiendo ido a Loreto el mismo indio y encargándole allí que llevase al padre Ugarte no sé qué comestible, con carta en que le avisaban lo que remitían, el portador en el camino quería comerlo, pero tenía miedo a la carta, de quien ya tenía experiencia le avisaba al padre lo que pasaba. Mas, apretándole el ansia de comerlo, se apartó un poco del camino, puso el papel detrás de un peñasco y, escondiéndose él en otra parte, comió todo lo que llevaba y, acabado, fue a tomar su carta, y con ella prosiguió el camino.

Llagado a San Javier, el padre Ugarte, leída su carta, le reconvino para que entregara lo que en Loreto le habían dado. Respondió que a él no le habían dado nada. Replicó el padre qué el sabía bien que le habían entregado tal cosa, pare que la trajera al padre. ¿Quién lo dice?, preguntó el indio. Éste lo dice, respondió el padre Ugarte. Mostrándole el papel. ¡Pues esta miente! repuso el otro. La otra vez es verdad que yo comí el pan delante de él, mas ahora yo le escondí y me puse en donde él no me viera; pues si ahora dice que yo lo comí, miente; porque él no me ha visto comer ni sabe lo que yo hice…

Por este caso se conoce bastantemente cuán lejos estaban los californios de tener noticia del artificio de las letras.

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