La Leyenda

Juan Melgar

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El gigante de la sierra

“Las pinturas rupestres que están en San Francisco de la Sierra fueron dadas a conocer al mundo en el año de 1962 mediante un reportaje que una revista le publicó a Erle Stanley Gardner, un escritor americano de novelas de misterio. A partir de esa fecha, las figuras monumentales de hombres y animales coloreados en rojo y negro fueron mostradas al planeta como un Gran Mural Prehistórico, plasmado por desconocidos en cuevas y farallones de la sierra central peninsular.

La identidad de los artistas sigue en el misterio. Cuando llegaron a la zona los misioneros jesuitas en 1697, los cochimíes de la época nada sabían de los pintores, y se referían a ellos como “gigantes” que habían llegado del norte, en fechas que ni los abuelos de sus abuelos podían precisar. Los estudiosos suponen que los artistas aquellos provenían de una cultura superior a los cochimíes, que a juicio de los europeos eran poco aptos para construir los andamios que precisó el gran mural, y aún para procesar las pinturas requeridas para atacar aquella obra monumental”.

Todo esto, y algunas fantasías más, nos dijo el sabio aquél de blancas barbas y espejuelos redondos a los reunidos en el salón de juntas de la cooperativa de Punta Abreojos, hace ya tantos años que no tiene caso hablar de ello.

El asunto es que el tema captó la atención de René “El Cantino”, un hombre que siempre tuvo un pie en la sierra central y otro en la costa del pacífico. Días después de la conferencia, junto a una fogata al pie del Picacho de Santa Clara a donde habíamos ido a buscar una manada de burros cimarrones, “El Cantino” me dijo:

-Aquel hombre que se bajó del helicóptero en San Francisquito diciendo que lo llevaran a las pinturas no me cayó nadita bien, por el modito ése que portan algunos extranjeros y mexicanos, como si todo se lo merecieran, como si nosotros los serranos les estuviéramos debiendo algo, o qué sé yo. El caso es que le enseñaron las pinturas allá abajo en el arroyo y la Cueva del Ratón por acá arriba, pero yo no quise llevarlo a mi cueva: una no muy grande en la entrada, pero sí muy honda en la que una vez me encontré una güesa de gente muy grande, encamisado y con algunas cosas al lado.

Todo lo vi y lo tenté despacito, no se fueran a hacer polvo aquellas cosas; pero estaban macizas. Salí de la cueva y rellené la entrada con piedras para que nadie la encontrara; la quería para mí nomás. ¿Cómo ves? Ahora que te conozco… y porque me caes bien, te voy a llevar para enseñártela, ¿quieres?

Al año siguiente me condujo a su cueva. Mientras quitaba las piedras de la entrada, me hizo jurarle “por esta crucecita, hermano”, que a nadie revelaría la ubicación de esta cueva que ahora era “de los dos”.

Entramos arrastrándonos primero y luego aquello se ensanchó. Algunos metros después, al fondo de una caverna de techos altos pude ver a la luz de mi linterna una osamenta enorme, semicubierta por un sayal de lana de cimarrón finamente tejido. El tipo habrá medido cerca de los tres metros. A su lado, un morral de cuero repleto de puntas de flecha y lanza, así como un gran bastón de madera negra, grabado con anillos, puntos, estrellas, cuñas punta arriba y punta abajo, como si fuese una escritura antigua. También estaba un arco corto de hueso amarillo, parecido al que usaban en el Ártico los inuik. No escarbé ni moví nada. Dejamos todo como estaba, “por respeto”, dijo mi guía.

“El Cantino” murió unos años después y yo no he vuelto a la sierra. La antropología no es lo mío. Hay que dejar a los muertos en paz, como supongo quiso estar el gigante que se encerró hace mil años en aquella espelunca. Ahí debe estar, a solas con la oscuridad y el silencio de su muerte.

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