La Leyenda: EL PIANISTA LUNAR

Estela Davis

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Para Nico Carrillo, que en paz decanse…

Con la sensación de que en cualquier momento iba a aparecérseme un fantasma o algún bicho, recorría los ruinosos cuartos de la casona que pensaba comprarme en El Triunfo. Encendí un cigarrillo. El silencio era tan grande que al exhalar el humo sentí un sobresalto. ¡Qué estruendo el de una piedrecilla aplastada bajo la suela del zapato!

Había acordado verme con los vendedores a las seis y media de la tarde. Estaban demorados. El cielo cubierto de cúmulos favorecía la oscuridad que avanzaba rápidamente en esa tarde invernal.

Silencio. Eso era lo que yo necesitaba para recuperar el estatus de persona normal. Estaba cansada de dormir durante el día y pasarme la noche anclada a la máquina de escribir, rutina que me había llevado a convertirme en un ser detestable y antisocial. Salí al corredor, me encantaba el patio con ese piso de ladrillo, ahora cubierto de huizapoles. Lo imaginé limpio, sombreado por las palmeras de taco y los tabachines en flor. Tal vez tuviera razón el naturista y en ese lugar, al no tener las distracciones que facilita la electricidad, se curaría mi insomnio.

Estaba decidida a prescindir de la televisión, del teléfono e incluso de la radio. Así me obligaría a rectificar mis horarios y desde luego, siempre podría volver corriendo a mi casa, a escasos cuarenta minutos.

El silencio que me rodeaba se desintegró. Diáfanas notas musicales se dispersaron por el aire como una catarata de pompas de jabón. Entré y me acerqué a la ventana buscando el origen de la música, parecía provenir de la casa de enfrente. ¿Será una radio? —me pregunté—, el cuerpo sacudido por una sucesión de escalofríos que me recorrían de los pies a la cabeza. Pero no era eso.

En esa casa alguien tocaba el piano. Un estremecimiento más fuerte me hizo temblar al mismo tiempo que el último rayo del sol desgarró las nubes para desaparecer tras la montaña. Si alguien me lo hubiese preguntado todavía esa tarde, podría haber jurado que la casa de enfrente sólo era una ruina. No obstante, ahí estaba la gran puerta que da al callejón, abierta de par en par, invitándome a observar el salón en penumbra. Agarrada de las rejas atisbé el interior donde poco a poco vislumbré,  un piano de cola y al pianista que resplandecían como si estuviesen iluminados por la luna. Ambos eran de un color blanquísimo. Ahora podía verlos perfectamente. Él llevaba los cabellos largos recogidos en la nuca.

Jamás había escuchado un intérprete que me despertara tanta emoción. Tocaba una sonata desconocida para mí, sus manos en el teclado semejaban palomas aleteando en la cornisa. Aferrada a las rejas me dejé envolver por un hechizo imposible de romper. Los acordes y arpegios se desgranaban dulces, vibrantes, cristalinos. No podía apartar la vista del conjunto lunar que formaban el hombre y su piano. Los temores se transformaron en sueños y me vi desnuda, grácil, danzando en el patio bajo los tabachines florecidos. Mis manos trazaban figuras en el aire con una chalina plateada, transparente. Las notas musicales explotaban dulces sobre mis mejillas y se enredaban entre mis largos cabellos… No sentí cuanto tiempo permanecí así, soñando, agarrada a las rejas, los ojos fijos en el hombre y el piano. De pronto la música cesó y volví a la realidad. Él salió al callejón. De su cara y sus manos emanaba una suave luz fluorescente.

Permaneció ahí de pie, vuelto hacia mí, esperando una palabra, quizás. Intenté hablarle y no salió ningún sonido de mis labios. Mis dedos entumecidos soltaron las rejas, pero mis pies doloridos se resistían a dar un paso.

Había anochecido. Tenía que salir y alcanzar la calle antes de que él se fuera.

¡Espérame!, dijo la voz enronquecida que salió de mis labios. Haciendo esfuerzos por desentumecerme di unos pasos en la oscuridad y salí al patio. En las copas de las palmeras se reflejaban las escasas estrellas que brillaban entre las nubes. Mis ojos pronto se acostumbraron a la falta de luz y caminé anhelante hasta el zaguán.

Afuera esperaban mi coche y el pianista, inmóviles. Al verme él echó a andar ligero, callejón abajo.

¡Espérame! le grité, pero no pareció escucharme. A riesgo de caer corrí para alcanzarlo, mis piernas pesaban. Ahora podía verlo claramente a la luz de la luna. ¡Espérame!, grité nuevamente sin parar de correr a manera de una cámara lenta. La distancia entre los dos no disminuía. Una barda alta y ruinosa daba fin al callejón. El hombre se internó por un portón sin rejas y decidí seguirlo hasta allá, ya no sentía ningún temor. Él se detuvo junto a una estela luminosa y me esperó con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Quién eres? —pregunté sofocada, acercándomele. Volvió hacia mí su rostro, resplandeciente y blanquísimo, pero vacío. Nada, no había nada en aquel rostro. Carecía de rasgos, sin ojos, sin nariz, sin boca… a semejanza de una muñeca sin terminar. Un grito escapó de mis labios y me desvanecí.

Un hombre y una mujer me hablaban y frotaban licor en mis sienes. A la luz de la lámpara de mano reconocí los rostros de los vendedores que pronunciaban frases de excusa. —Te buscábamos. Te oímos gritar, ¿qué te pasó?

Alrededor nuestro, sólo  lápidas sepulcrales y la negrura de la noche sin luna.

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