Entre el oasis y las estrellas

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Acampada en La Purísima

Salimos de San Juanico a eso de las dos de la tarde rumbo a La Purísima. Poco antes de las tres llegamos a una casa en la entrada del pueblo que, con lonas grandes, decía: “Se renta kayaks y paddleboards”.

La casa le pertenece a Lilia Peralta Higuera —quien, aparte de ser maestra, también ha sido regidora y delegada— y a su esposo Alberto Abelardo Higuera Arce, a quien Lilia le dice “Lalo”.

Jaime Llaca, nuestro fotógrafo y experto en drones, fue quien nos presentó a esta pareja que, en cuestión de minutos, nos hizo sentir bienvenidos en su hogar. Su casa es una construcción de paredes amplias blancas y verdes y un gran pasillo en el centro que te lleva al patio, donde sucede la magia.

Entre la vegetación abundante que amenazaba por brotar por doquier después de las lluvias y el agradable clima que hacía que no sintieras ni frío ni calor, sino todo lo contrario, la profesora Lilia se excusó para continuar con sus cotizaciones. Lalo nos indicó el camino al lugar donde íbamos a pasar la noche: bajo las estrellas, a un lado del arroyo y justo enfrente del cerro El Pilón.

Acampar no es de dar miedo, viajero. Descubres cosas que no conocías y te envuelve el sentimiento de supervivencia, aventura y adrenalina.

Pero, si tienes ganas de algo más cómodo, puedes también pasar la noche en una de las cabañas que renta la amable pareja.

Recomendamos que acampes con amigos o familiares. Tener a Óscar y a Jaime como compañeros de travesía fue lo mejor que nos pudo pasar. Una de las frases que usaba Óscar para animarnos era “Aquí no venimos a sufrir”, cuando hacía referencia a que estábamos equipados y preparados.

Mientras ellos armaban el campamento, las mujeres fuimos a buscar comida. La Purísima es un pueblo situado en Comondú, a 145 kilómetros al norte de Ciudad Constitución. Su población es de entre 100 y 150 habitantes. Al lado está San Isidro, un pueblo al que solo te toma dos minutos llegar y que tiene el mismo número de habitantes.

Nos tomamos muy en serio la tarea de llevar provisiones para cenar y desayunar. Aunque teníamos algunos víveres en los carros, como latas de atún y café, queríamos hacer un festín para celebrar nuestra primera noche a la luz de la luna.

Llegamos a una tienda donde estaban varias personas en la entrada platicando. Nos hizo recordar la vida de pueblo. Cuando entramos a la tienda nos topamos con todo tipo de productos, desde champú, ropa y joyería hasta tortillas de harina y salchichas.

Al ver las salchichas decidimos que nuestra mejor opción era hacer hot dogs para cenar. Al ver el queso supimos que ya teníamos el desayuno: quesadillas.

Regresamos al campamento felices de haber encontrado todo lo necesario. Ya nos estaba esperando Samuel Higuera, antiguo alumno de la profesora, con leña para la fogata. En la plática, nos contó de la leyenda de un pueblo fantasma:

—San Vicente es un rancho que está abandonado en el puro medio del arroyo. Supuestamente ahí vivía un indio que se robaba fruta. Pero los pescadores que se quedaban ahí dicen que llegaba un señor y luego, como a la hora, se metía un chamaco. Les jalaban las cobijas, les jalaban el mecate y les decían “Apúrate”… pero no había nadie.

Mientras se fumaba sus cigarros y se tomaba una coca-cola bien fría que habíamos traído junto con los víveres, Samuel siguió contándonos historias de su pueblo. Como la que sucedió hace mucho tiempo, cuando un habitante de La Purísima, dueño de una de las construcciones abandonadas, descubrió oro en la iglesia, la demolió y se fue para nunca más regresar.

Entre anécdotas y risas, me percaté de donde me encontraba. El lugar para acampar estaba lleno de verde, de vida. El agua del arroyo corría por el viento mientras las salchichas se asaban en la leña a fuego lento. Las llamas salían por los lados del sartén. Los sonidos nos recordaban que la naturaleza se ceñía alrededor.

El oasis es otro de los microecosistemas que tenemos en Baja California Sur y, en ese momento, nos maravillábamos con la diferencia: un día antes teníamos mar, ahora teníamos oasis.

Cuando la noche llegó escuchamos otro tipo de sonidos. El búho que nos decía que estaba ahí, los grillos que cantaban, la brisa al soplar el aire y los chapuzones en el arroyo que algunos animalitos —cuya identidad nunca descubrimos— se echaban a altas horas de la madrugada y que nos llegaron a asustar por la claridad del eco.

Lo más impactante, para mí, fueron las estrellas. No te lo puedes imaginar, pero espero que con las fotografías que acompañan este relato puedas tener un cachito de lo que esa noche fue el cielo que se imponía ante nosotros. Las estrellas para mí tienen un significado especial, y estas han sido las más bonitas que he visto en mi vida.

Eran cientos y cientos de estrellas, cientos y cientos de puntos brillantes, cientos y cientos de sensaciones.

Cabañas La Purísima es el nombre del lugar donde acampamos. Sus dueños siempre soñaron con invertir en su propio negocio, donde pudieran servir a los turistas y que de esta manera vieran la belleza de su pueblo.

El poblado se mantiene en un 60 % mediante la pesca, ya que se encuentra a tan solo 20 kilómetros del mar. También se sostiene gracias al turismo; gracias a ti, que quieres conocer las historias y vivir las aventuras en lugar de que te las cuenten.

La profesora Lilia, su esposo Lalo y Samuel fueron los anfitriones perfectos. Nos hicieron prometerles que regresaríamos para probar su gastronomía: la caja china donde cocinan borrego o cabrito, la receta ancestral de carne de puerco curtida con vinagre orgánico a los tres chiles con piña y frutas, los buñuelos con miel y canela, la barbacoa misional de res con hierbas y el langostino de río marinado con albahaca, hierbabuena, orégano y miel de abeja. Por si fuera poco, también son productores de vino y dátiles, así que también deberías prometerles esa visita.

Partimos a las tres de la tarde del día siguiente, después de la foto grupal y de una parada obligatoria en el baño. Íbamos ansiosos de ver qué personas conoceríamos y qué historias escucharíamos, con la incertidumbre de no saber qué más nos esperaba en la península que lo tiene todo.

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