Chorizos para la Cena

Juan Melgar

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El menú en una fonda de pueblo a principios de los años 60 se ha quedado guardado con todos sus detalles en el lugar del cerebro que alberga mis recuerdos. Viaje conmigo en la máquina del tiempo al Todos Santos de medio siglo atrás:

 

Una compañía de teatro experimental conformada por jóvenes estudiantes de La Paz acaba de presentar en el Teatro Márquez de León, A ninguna de las tres, de Fernando de Rojas.

Néstor Agúndez, promotor cultural incansable, invita a los actores la cena en el único lugar del pueblo “donde dan de comer”. Algo se fríe en la cocina que a todos trae fascinados y tras la espera que parece eterna, van saliendo los platos al comedor: una colina de colorados frijoles refritos yace en cada plato junto a dos gordezuelos, cortos y brillantes chorizos de puerco y una tajada de queso de apoyo oreado. El conjunto habrá de acompañarse con tortillas de harina de trigo amasadas con requesón y se beberá café colado vaporoso, negro. ¿Postre? Guayabate sin pisca de semillas y queso fresco de cabra.

El recuerdo de aquella noche en ese Todos Santos que era ya mágico sin decreto alguno, me hace evocar no sólo la convivencia grata y la conversación con los pares, sino los sabores y olores en la grasa de puerco, la pasta sedosa de los frijoles refritos con mantequilla, el aroma penetrante del café de talega y la diferenciada suavidad en el regusto de los quesos rancheros.

Hay un sabor de eternidad en aquella sencillez.

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