Un paraíso llamado Santiago

Juan Melgar

Si viajas por tierra desde San José del Cabo hacia el norte, pasarás Miraflores y el puentecito de Las Víboras. Desde el espinazo serpenteante de las cuchillas que acompañan al lecho arenoso y seco del gran arroyo, que en los veranos lluviosos baja rugiente de la sierra por su vertiente golfina, la carretera abre a la izquierda un ramal corto para acceder a Shangrilá.

Asentado el pueblo sobre dos lomas que son la boca de una extensa laguna húmeda bordeada de palmeras de taco, vallas de tule y carrizo, árboles de mango, aguacate, guayaba, naranja… el verdor del oasis capturará tus sentidos y tu espíritu, como impactó a los primeros grupos humanos que, desde la meseta que lo rodea, lo observaron en la prehistoria de esta antigua California. Hechizados, aquí se quedaron a vivir la libertad del noble salvaje recolectando, cazando, pescando, haciendo el amor y descansando de tales faenas… hasta que llegaron los europeos a civilizarlos.

Con este nombre castellano: Santiago, fue fundado el antiguo Añiñí a principios del siglo XVIII durante el virreinato de la Nueva España, con el establecimiento en su territorio de una misión jesuítica a cargo del padre Ignacio María Nápoli.

Indígenas pericúes del grupo Cora, los antiguos pobladores de la zona formaron parte importante de la rebelión indígena del año de 1734 capitaneada por los líderes Boton y Chicori, molestos por los cambios en sus costumbres impuestos a la fuerza por los jesuitas, empecinados en convertirlos en gente de razón mediante oración a cada toque de campana, maíz hervido, pacifismo y castidad. Mataron a los misioneros.

Santiago jugó un papel de primer orden en la economía de la antigua California novohispana y aun con el establecimiento de la República. Fue importante productor de panocha y otros derivados de la caña de azúcar que se sembró en la laguna hasta el último cuarto del siglo XX, así como en la cría de ganado vacuno, caballar, asnal y mular con sus derivados: carne, queso, cueros, sebo, entre otros. En la guerra contra la intervención yanqui en 1847 tuvo un desempeño destacado Mauricio Castro, aquí nacido. Algunas escaramuzas escasamente registradas de la guerra revolucionaria iniciada en 1910, tuvieron como escenario los alrededores de este pueblo.

En los ranchos cercanos, la cría de ganado vacuno y caballar se combina todavía con tareas artesanales que poco han cambiado desde que fueran establecidas por los primeros colonizadores novohispanos. Continúa elaborándose queso fresco y torciéndose el sollate con cogollo de palma para amarres y hamacas, así como la manufactura de muebles rústicos con maderas duras y fragantes, mediante sistemas de ensamblaje de caja y espiga o a cola de milano que han probado su eficacia desde la Edad Media europea.

En las cercanías está El Refugio, zona ubicada a 250 metros sobre el nivel del mar en la que abundan fósiles marinos de almejas gigantes, nautilus, peces cristalizados en placas de mica, anfibios y caracoles de raras formas que evidencian el carácter submarino de la mayor parte de la península en el Mioceno Inferior, 25 millones de años antes de nuestra era.

Están también los tajos abiertos por la naturaleza en el espinazo de la sierra, que son reservorios de flora y fauna únicos. En el fondo de sus laderas corren, todo el año, hilos de agua que manan de fuentes subterráneas para formar cascadas y pequeñas lagunas, en su paso sobre suaves arenas y duros bloques de granito que deslumbran por su blancura. Para los observadores de aves y, en general, para los amantes de la vida en estado salvaje, los cañones son sitios ubicados a pocos kilómetros de distancia de la carretera, pero a años luz del ruido y la contaminación de los grandes centros urbanos. Los ecoturistas que a ellos llegan y los recorren a pie luego de dejar sus vehículos en la cima de la ladera, podrán regresar en sus máquinas rodantes a Santiago y luego al tráfago de Los Cabos, en menos de 30 minutos.

En los cañones La Zorra, San Jorge, El Chorro, San Dionisio se nota la preocupación de los rancheros encargados de cuidar que la naturaleza no sea agredida: No dejes aquí nada; no te lleves de aquí nada, salvo el recuerdo, parece ser la divisa de estos lugares. En los alrededores de la sierra, los habitantes colaboran en la cruzada de mantenimiento de estos cañones como lugares vírgenes, no contaminados. Y es que saben que de esa permanente, preocupada vigilancia, depende que el venado, el puma, el zorro, el coyote, el babisuri y el gato montés sobrevivan, y que sobre su cielo sigan volando el halcón peregrino y otras rapaces en busca de presas: palomas serranas o pitayeras, chacuacas, víboras, cachoras, roedores y todo lo que vuela, camina o se arrastra por los cañones y por los estribos y faldas de la sierra.

Sobrevive este antiguo asentamiento que nació del oasis, fascinó a los naturales que primero lo vieron y encanta también a estos modernos aventureros llamados turistas.

Como si lo necesitase, Santiago, el de los coras, reclama para sí el reconocimiento oficial de Pueblo Histórico que siempre ha tenido entre los pobladores de Sudcalifornia.

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