A Través de la Sierra

Rosa María Mendoza Salgado

Baja California Sur es una península privilegiada en contrastes de inconmensurable belleza, tierra que fue conquistada por la cruz, en vez de espadas en 1697. Loreto está custodiado por la Sierra de la Giganta y fue el primer asentamiento que prosperó. Su nombre fue dado por el Padre Juan María de Salvatierra; fundando así la misión conocida como “Cabeza y Madre de las Misiones de la Alta y Baja California”.

Sierra de la Giganta, es una cordillera notable por sus picos que al elevarse logran una conjunción de belleza única, sus imponentes oquedades y el perfil escabroso le dan la apariencia de ser un enorme guardián custodiando Sudcalifornia. La sierra, es un conjunto de montañas que cubre la parte central de nuestro Estado, se extiende a lo largo de la costa y en su extremo sur, su pendiente, extremadamente alta, le da un aspecto majestuoso.

Las veredas y caminos entretejidos en las montañas aún preservan las huellas de quienes siglos atrás, fundaran misiones, ranchos y poblados. Explorar estas montañas hoy, es tan fascinante como lo fue en la década de los años treinta, cuando Láutaro Martínez emprendió un recorrido partiendo desde el puerto de La Paz.

“Al amanecer, Láutaro y otros expedicionarios arriban al muelle fiscal de La Paz, para esperar la hora en que a bordo de una panga los trasladen hasta el canal, en donde se encuentra fondeado el barco de vela propiedad de Wenceslao Villanueva y que, a la vez, es su capitán; barco que al despuntar la mañana zarpará con rumbo al Puerto de San Evaristo, muy cerca de la Isla San José.

El velero se desliza con suavidad sobre las tranquilas y cristalinas aguas del Golfo de California para cruzar la ensenada de La Paz. Los pasajeros escuchan la campana que suena desde el faro el vigía anunciando la salida del barco, a lo que responde la aguda sirena del velero. Al llegar a la bocana, se puede ver en lontananza la blanca línea de la costa que dejan atrás, donde sobresalen los negros manchones que forman las colonias de zopilotes sobre las palmeras.

 

Después de varias horas de navegación, avistan el Puerto de San Evaristo y de nuevo en una panga, esta vez desembarcan en la playa. Montados en mulas, exploradores y guías rancheros, inician el recorrido de dos días por la sierra, tiempo necesario para llegar a los ranchos de La Soledad y El Bosque. Suben por escarpadas veredas que parecen no tener fin, flanqueadas por barrancas hasta cuyas profundidades se ven rodar los pedruscos que se desprenden al paso de la caravana.

En estas latitudes tienen la oportunidad única y maravillosa de encontrarse con el rey de la montaña: el borrego cimarrón. En manada sube cuesta arriba con la agilidad que corresponde a quién tiene el dominio absoluto de estas alturas. Contemplan la majestuosidad del macho dominante, que desde un risco los observa, luciendo su airosa cornamenta, gruesa y espiral que le da un aspecto soberbio, mientras que las hembras protegen a las crías rodeándolas en su veloz carrera hacia la cresta de la sierra.

En una planicie se hace un alto para descansar tanto jinetes, como bestias y disfrutar de una comida ranchera donde el ingrediente principal es la tortilla de harina. Después de la machaca, café colado y guayabate, continúan subiendo la serranía, donde cada grieta de las rocas ofrece a la vegetación del desierto una oportunidad de vida. Avanzan por el sendero rodeado por impresionantes paisajes, cañones salpicados de piedras rojas, bosquecillos de palo blanco, choyas con retadoras espinas, cardones de imponente altura con floraciones exquisitas, por donde suben con una vertiginosa habilidad los “juancitos” (ardilla de tierra) y las lagartijas.

Al atardecer, llegan a una meseta donde se protegen bajo una gran saliente de piedra para pasar la noche, horas en la que experimentan la sensación de ser parte del monte. Los murmullos y desplazamientos de los habitantes montaraces, parecen formar coros ante la brillantez de las estrellas que, están al alcance de la mano. La Vía Láctea parece un manto de encaje celeste, en el azul profundo del cielo, invadiendo de paz al espíritu.

El amanecer en Sierra de la Giganta brinda un espectáculo que se queda por siempre en los sentidos. El sol ilumina por entre las altas crestas del lado Este, mientras que, al Oeste, los afilados picos de la sierra se van esculpiendo envueltos en un mágico resplandor de matices rosas, violetas, magentas y malvas. En el estallido final en que nace el nuevo día se desgranan todos los tonos de naranja, oro y bermellón. En medio de esto, el sol aparece dominándolo todo.

Con la fresca brisa de la mañana continúan por las veredas cubiertas de piedras bola, y al fin, a lo lejos divisan el Cerro El Pilón, y tras rodear una colina son recibidos por los discordantes ladridos de una jauría de perros, obligándolos a entrar en el rancho a trote tendido.

En una amplia meseta, pueden admirar la casa ancestral. Con gran dignidad el hogar reta al tiempo y parece decir: “aquí continúo”. La estructura tiene muros gruesos de adobe crudo y emplastados con cal, un techo alto de hojas de palma, puertas de madera de cardón, pisos de lajas de piedra, y está rodeada por sus cuatro lados de corredores igualmente techados de palma y sostenidos por fuertes horcones de palo zorrillo. Se ubica cerca de la corriente de un arroyo proveniente del ojo de agua que se encuentra sierra arriba, el predio está rodeado por una cerca de poca altura hecha de piedra bola, colocadas con gran precisión una sobre otra y sin mezcla alguna. Es una habilidad propia de los serranos.

Un huerto de árboles frutales se encuentra cruzando el cauce del cañón y subiendo escalones centenarios formados por lajas de piedras de colores. Detrás de la cerca está el represo en que se vierte el agua del manantial que nace cuesta arriba. Este paradisiaco lugar existe desde 1842 cuando los antepasados de quienes aquí viven la construyeron.

Láutaro y quienes lo acompañan, después de ser confortados con fruta y participar de amena charla, reciben orientación sobre los caminos que deben tomar para llegar a otras rancherías que anteceden a las impresionantes misiones que se encuentran dispersas por la sierra.

Antes de partir, tienen la oportunidad de saborear uno de los platillos que generación tras generación han preparado las habilidosas mujeres serranas, acompañado de morisqueta, el “sipáiz”. Receta que seguramente se tomó de la cocina de las misiones, la preparación es similar al proceso que se lleva para la lasaña. El sipáiz se cocina sobre la hornilla y al mismo tiempo, sobre la tapadera le colocan brasas para que se dore. Los viajeros convivirán un par de días en los ranchos La Soledad y El Bosque con las familias serranas disfrutando su hospitalidad singular, para después continuar su recorrido por la ruta de la sierra, que apenas inicia. ¿Nos acompañas?

Boletín

Recibe nuestras noticias

Ingrese su correo electrónico

Añadir Comentario

Pin It on Pinterest