Un viaje por la Sierra

Gabriel Fonseca

Por ser la fuente de agua de los municipios de La Paz y Los Cabos, la Reserva de la Biosfera de la Sierra de la Laguna es la zona más importante del sur de la península, es un hábitat extraordinario en el planeta, lleno de vida y de naturaleza, un sitio sagrado y venerado por los sudcalifornianos.

Subir a conocerla es una tradición entre jóvenes y entusiastas, es por eso que son muchas las anécdotas que escuchas de amigos y conocidos de esta gran experiencia.

Sin ser aventureros profesionales Ema, mi esposa Reina y yo, logramos llegar a la parte más alta de la sierra por una ruta poco conocida, realizando una travesía que generó buenas historias.

 

La ruta del Cañón de La Zorra

Durante algunos años, mi plan era escalar la sierra, pero fue hasta que escuché de la existencia de las “Pozas Cuatas”, que definitivamente me interesó hacer el viaje. Jesús Cota de La Peña, guía experto y explorador, fue quien me contó las maravillas naturales que encontró en su ascenso.

Los abuelos y padres de Jesús habían nacido en la zona del Cañón de La Zorra. Él desde muy pequeño comenzó a andar por esos caminos para subir a la sierra. Le pregunté interesado, por qué otros guías no mencionaban las “Pozas Cuatas” cuando platicaban de su experiencia al subir la sierra.

Me contestó: “Tal vez porque pocos las conocen, ya que esas cascadas están lejos de la ruta más conocida para subir y bajar por el lado del Pacífico. Por acá, por mi ruta es más tardado, pero ves paisajes hermosos e interesantes”. Platicamos un rato más y ya totalmente convencido, establecimos una fecha para la aventura.

 

La subida sería en octubre. Cruzaríamos la península de oriente a poniente, entrando por Santiago rumbo al Rancho Ecológico Sol de Mayo. Ahí comenzar a caminar tres aventureros, dos guías y dos mulas por el Cañón de La Zorra hasta llegar al Segundo Valle donde es el campamento final.

El primer día, fue una caminata de cuatro horas hacia el Rancho El Vergelito donde pasamos la noche. En el camino, nos dimos el primer chapuzón de varios en una poza que parecía un jacuzzi. Una de las ventajas de esta ruta es que transitas la mayor parte del tiempo a un lado del arroyo, encontrando pozas y ojos de agua para refrescarte y tomar agua. Llegamos al atardecer a cenar y a dormir.

 

Las mentadas Pozas Cuatas

A la mañana siguiente, salimos hacia Las Piedronas, el segundo campamento. – “Vámonos antes de que se haga tarde”, dijo Chuy nuestro guía. Nos preparamos y emprendimos la marcha. Después de tres horas de caminata, dimos una vuelta a una piedra gigante, las mulas súbitamente hicieron un alto.

Jesús iba al frente del grupo y Lolo el otro guía atrás. Nos señalaron que había que detenernos y estar alerta porque posiblemente las mulas habían venteado una víbora. Y así fue, unos veinte metros antes de cruzarnos con ella, estaba una víbora de cascabel cerca de unos matorrales, por suerte, al vernos se fue en dirección contraria, perdiéndose en la maleza.

El encuentro con la víbora nos quitó lo cansado. Al comenzar la tarde con el sol a plomo y después de haber caminado por el arroyo, escalamos una pequeña cuesta. Nos internamos en un paraje tupido de árboles, al cruzarlo y conforme más nos acercábamos a la luz del otro lado, descubrimos un hermoso paisaje.

Era como llegar al paraíso. El sonido de la caída de agua anunciaba una cascada, pero realmente eran dos en forma de escalones casi idénticas, habíamos llegado a “Pozas Cuatas”. Estábamos a la mitad del camino y el viaje ya valía la pena.

 

Las Piedronas

Casi al final de la tarde, llegamos a un pequeño bosque. En medio de la vegetación, tenía un conjunto de formaciones rocosas pegadas a un cerro formando pequeñas cuevas. Instalamos las casas de campaña, cenamos y nos dispusimos a descansar. Estuvimos como dos horas dormidos, cuando fuertes truenos se dejaron oír avisando lluvia, en cuestión de minutos comenzó a caer un fuerte aguacero.

Instintivamente, corrimos a resguardarnos dentro de las cuevas, ya adentro el guía prendió su linterna para revisar el lugar. Al iluminar el techo, nos dimos cuenta de que también algunas arañas hallaron ese refugio y así de rápido como entramos, salimos. Por fortuna, solo tuvimos una hora de lluvia provocada por un chubasco que amenazaba la península, y, aunque todavía estaba lejos, había influido en el clima.

 

San Juanico

 

Después de la lluvia, lo poco que dormimos lo apreciamos mucho. La siguiente estación era Palo Extraño. Los guías nos advirtieron que subiríamos dos cerros que se encuentran uno tras otro. Quería que nos hiciéramos a la idea de que aumentaría la dificultad. Nos preparamos para partir y por la mañana nos pusimos en marcha.

Tras dos días de caminata, el agotamiento volvió y preguntamos al guía constantemente, ¿cuánto falta? Siempre con la misma respuesta; “Ya estamos cerquita, ahí tras lomita llegamos, es cuestión de caminarle tantito”. Al mediodía nos detuvimos para descasar y comer. Un poco preocupados por el ascenso, hablamos con Chuy el guía, quien nos dijo que fuéramos a nuestro paso. No te apresures, sino camina sin parar.

Comenzamos a subir, la primera hora fue a pleno rayo del sol, luego agradecimos al universo que una nube nos dio sombra. Conforme subíamos nos dimos cuenta de la altura del lugar en donde estábamos. Al mirar al oriente los caminos y arroyos a lo lejos, ya se veían pequeños. También, hicieron su aparición los calambres en las piernas y las primeras caídas, así que prestamos atención a nuestra marcha. Íbamos tan concentrados que no notamos lo negro del cielo, hasta que se escucharon fuertes truenos e impresionantes relámpagos anunciando una gran lluvia. Una sensación muy extraña nos invadió. Estábamos sudados por la caminata, el clima cambió con la altura y sentías frío. De pronto, quedamos totalmente mojados por la terrible lluvia que nos golpeó por más de 90 minutos.

Hubo momentos de tensión, silencio y miedo, no obstante, la atención de nuestros guías que estaban pendientes de nosotros en todo momento. Finalmente llegamos a Palo Extraño, donde había una pequeña cabaña con unas hornillas en medio. Toda la comitiva nos resguardarnos de la lluvia, incluidas las dos mulas.

Para la tarde, la lluvia se había calmado. Instalamos casas de campaña adentro y afuera de la cabaña, ahí dormimos cansados esperando el nuevo día.

 

El Picacho

Definitivamente el ambiente había cambiado, estábamos rodeados de pinos y flora serrana, la temperatura era de diez o doce grados más bajos. El cafecito de la mañana sabía a gloria. Todo listo para continuar hasta el último campamento en el Segundo Valle.

Salimos temprano, la ruta no fue tan fácil. Iniciada la tarde arribamos a un valle lleno de pinos. Fue como abrir una puerta a otro mundo. Además, la llegada no pudo ser más asombrosa, un ruido desconocido llamó la atención, provenía del cielo, volteé hacia arriba y pude darme cuenta de miles de cuervos que sobrevolaban la zona. Era un espectáculo. Saqué mis cámaras y capturé todo lo que pude, disfrutando cada imagen.

Más tarde, armamos el campamento cerca de la cabaña de los guardabosques. Allí, en El Valle, las estrellas en la noche y el amanecer en la montaña son experiencias que tocan el espíritu. Sin embargo, faltaba la joya de la corona, llegar a la parte más alta de la Sierra de La Laguna conocida como El Picacho.

Salimos a media mañana y en una hora estábamos en todo lo alto apreciando el paisaje. Nos instalamos en una colina para capturar imágenes del Picacho. Hubo silencio y todos miramos al horizonte por un momento antes de comenzar a felicitarnos por la gran aventura que habíamos experimentado.

Aprendimos de nosotros mismos, sobre todo, que puedes ir más allá de tus limites, también, entendimos la importancia vital de la Sierra de La Laguna para Los Cabos y para su dinámica económica. Esta excursión nos confirmó que tenemos un territorio extraordinario que debemos cuidar y proteger.

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